sábado, 11 de febrero de 2012

BÚSQUEDA


Esa tarde Lila tenía sueño, deseaba que nadie viniera por la biblioteca, que nadie la molestara. Con los ojos entrecerrados vislumbraba el sol entre los postigos de las celosías. De a poco la luz se iba apagando.
Escuchó unos pasos lentos, que se detenían en medio del salón. Esperó. No entraba. Se levantó del mullido sillón de cuero de su  oficina y fue hasta la sala de lectura. Allí estaba. Un joven, muy  joven, un adolescente. Con su delgada figura envuelta en un blazer azul. Sus ojos grises la miraron con timidez. Su voz era casi inaudible cuando saludó.
-¿Qué buscabas?
Se quedó ahí parado, como pensando mientras la miraba. Inacción. Lila le dijo que pasara y le dijera qué libro necesitaba.
-Servomecanismos.
-¿Estudiás industrial?
-Eh…sí. Pero no tiene importancia… en realidad… quiero un libro de Becket “Molloy”
-Ah, sí, ya te lo traigo.
El joven tomó el libro y se puso a hojearlo. También llevaría el de servomecanismos. Qué extraño un estudiante técnico leyendo a Becket.
Lila anotó sus datos y él  firmó el recibo. El titular del carnet tenía otro apellido. Explicó que era su tío, sus padres habían muerto y había sido adoptado por él.
Lila le preguntó si había leído otros libros de Becket. Contestó que no, que había visto Esperando a Godot en el teatro. Sus gestos eran imperceptibles, de una timidez alarmante. Solo sus ojos eran fijos, profundos, reclamantes.
-Tenés quince días para leerlo.
Se quedó parado de perfil, como sin decidirse a hablar o irse. Lila lo miraba, esa actitud la provocaba, le daban ganas de reírse. Al fin se fue.
A los pocos días volvió. Dejó el libro sobre el escritorio mirando fijo a Lila. Esos  ojos no concordaban ni con su edad ni con su timidez. Su cuerpo parecía estar bloqueado, sus movimientos eran torpes y entrecortados, pero sus ojos… buscaban, inquirían, reclamaban. Pero ¿qué?
Cuando se fue, Lila hojeó el libro. Algunas frases estaban subrayadas: “ella” “se encontraron” “entonces él todavía no sabía lo que buscaba” “ella sonrió”. Los trazos a lápiz eran temblorosos. ¿Había un mensaje? Con las frases sueltas alguien quería contar una historia, diferente a la de la novela.
Al otro día volvió a devolver el libro de servomecanismos. Lila preguntó. Sí, él había subrayado. Él ya sabía que ella lo leería. El mensaje era para ella. Lo invitó a tomar un café. El joven confesó que tenía 17 años y no 18 como había declarado en sus datos. Contó que fue a la biblioteca a tomar contacto con ella, que quizá lo entendería. Le gustaba leer y tenía algunas teorías neo-revolucionarias. El caso era que “el Hombre debía llegar a ser otra cosa de lo que era actualmente”
-¿Cómo es eso?
-Algún día el mono dejó de ser mono para convertirse en hombre, y algún día el hombre dejará de serlo para convertirse en otra cosa, algo superior. Y hay que prepararse para eso. Algún día el hombre no necesitará comer como ahora, se comunicará de otra manera, otras formas, más especializadas y exactas que el lenguaje.
-Puede ser, pero me parece que van a pasar muchos siglos.
-Y, sin embargo, aquí estamos  vos y yo, hablando de esto, comunicándonos a través de un libro. ¿No creés que podría ser?
-Es muy raro.
Se siguieron viendo. A veces él se tambaleaba porque no había comido nada desde el día anterior. Debía acostumbrar su cuerpo al hambre, a la espera.
Él iba casi a diario a la biblioteca y se sentaba a leer mientras ella atendía a la gente. Pero ella comenzó a cansarse, lo evitaba, no le hablaba. Él, imperturbable.
Un día él dijo:
-Me ofrecieron un trabajo en Río Negro, si me va bien allá, mi intención es juntar dinero e irme a Italia. Allá tengo familia y puedo trabajar de técnico. No voy a volver a Buenos Aires.
Sus ojos grises se clavaron en Lila. Llenos de luz y de lágrimas. Su boca parecía una marca  dura y triste en su cara.
Lila dejó con el tiempo la biblioteca, se mudó de casa, no dejó rastros de sí ni hubo rastros de él.
¿Habrán dejado de ser lo que eran? Pasaron muchos años, pero los ojos grises persistieron en la memoria de ella, su mirada fija e implorante. Siguió buscando formas distintas de comunicación, con palabras imperfectas, gestos incompletos, miradas soslayadas. Nunca volvió a comunicarse con alguien a través de un libro, ni encontró frases subrayadas en ningún texto, aunque sigue revisando, comprando libros usados, recorriendo bibliotecas, soñando con sus ojos grises.

Irene L. Villarino