jueves, 6 de noviembre de 2014



     
          ALGUIEN

                        yo me pliego
                          alguien en mí
                           me come y me bebe
 
                   cada vez más cerca
                             el  camino del espejo:
                             el  eterno viaje hacia sí mismo

                     en el corazón de la nada
                                  todas las distancias

                   (  enigmas florecen
          fascinación                resentimiento   )

               cada vez más cerca
               pequeña ave        bien alimentada


                    su eterno viaje

             ¿qué tengo
                             sino este  incesante miedo de ser dos
                  cruzando  la noche?

                            
                           IRENE VILLARINO




EVOCADOS
   Tal vez era inútil tratar de explicarlo, buscar una razón válida. No era el caso. Esas cosas pasaban quizá más veces de las que uno supone. Y bien, ahora ya no importaba por qué o  cómo. La imagen volvía muy nítida a mis ojos. ¿Dónde están los recuerdos? ¿Frente a los ojos, detrás de los ojos? ¿En qué rincón de la mente vuelve a formarse esa imagen tan clara como si la estuviéramos viendo? Es probable que la evocación de un hecho haga que esa imagen se imprima firmemente y por eso la vemos tan vívida. Vuelvo una y otra vez a tratar de explicarlo, inútilmente. Ya lo dije, sin embargo está ahí, en algún lugar de la mente. Si considero que el lenguaje le da forma a los pensamientos, es el que posibilita nombrarlos, mi mente no está hecha más que de palabras, imágenes y conceptos, que no son las cosas, sino su evocación. ¿Es mi mente ficcional? Pero yo puedo creer en los hechos que mi mente recuerda, están ahí de alguna manera que no logro explicar. Aunque esos pensamientos cobren forma de discurso, de  sujeto y predicado, este sujeto que soy yo puede enunciar los hechos pasados, sólo de esa manera. No hay forma de explicar un hecho más que con palabras del lenguaje que le dio forma a nuestra mente.
   Lo fantástico es que eso que está guardado en la mente puedo traerlo cuando quiera, por ejemplo con una llave como “mi recuerdo más antiguo” y de inmediato aparece el patio, mi padre agachado junto a mí que miro hacia el techo de la casa y veo un hombre de barba y pelo largo que a su vez nos observa. En esa escena inexplicable solo sé que tengo miedo y la sensación de que mi padre no ve al hombre. A través de los años esa imagen quedó impresa en mi recuerdo y ya no hay forma de saber si proviene de la realidad, de un sueño o qué. Ahí está para siempre como un recuerdo verdadero, de algo visto con los ojos de frente o detrás de los ojos. Lo que sí sé por cuestiones históricas es que en esa casa con patio viví hasta un poco antes de cumplir tres años, lo que sitúa ese recuerdo en una época en que generalmente no se tienen recuerdos, pero pregunté en su momento acerca de las características de la casa a mis padres y coincidía mi recuerdo con la casa real.
   Una vez que he encontrado la llave para un recuerdo puedo traerlo de vuelta y asegurarme nuevamente de que sigue ahí, sin mancha, sin borrones, como si fuera una máquina fotocopiadora que persiste en su tarea de fidelidad al original.
   Por ejemplo si digo “primer viaje a Córdoba”, aparecen las sierras bajo el sol, yo misma mirando desde la ventanilla del ómnibus, y revivo la emoción de ver por primera vez una montaña. Asociado a ese recuerdo está el de la comida que nos dieron en el viaje,  a mi amiga y a mí. Parece que las evocaciones forman algo así como un tren de vagones enganchados y  en el momento que traemos a uno, los otros se asoman. En Córdoba caminábamos mucho entre las piedras, bordeando el arroyo, nos sentábamos bajo los árboles. Una tarde fuimos mi amiga y yo hasta un lugar apartado donde corría un arroyito en una especie de cajón entre cerros. Había mucho sol y se escuchaba el silbido de varios pájaros. El rumor del agua, el olor de flores desconocidas. Nos reíamos no sé ahora de qué y de pronto vi sobre uno de los cerros un hombre que miraba, de barba y pelo largo. Su mirada era tranquila, estaba parado de frente. Le avisé a mi amiga para que lo viera, cuando ella giró la cabeza le indiqué la dirección en que debía mirar, pero ya no estaba. En el mismo momento que yo la llamaba y le señalaba, había desaparecido. Quizá se había ido del otro lado de la sierra.
   Esas vacaciones fueron muy divertidas, recorrimos calles, casonas, iglesias. Revisamos una biblioteca llena de libros de hechicería y nos reíamos mucho. La pileta del hotel tenía una rajadura y aunque la llenaban por la mañana, a la tarde estaba casi vacía y eso nos daba mucha risa. Éramos muy jóvenes y todo era una aventura. El día que nos íbamos, un nene, nieto del encargado del hotel, salió corriendo hacia la piscina gritando “José”, porque había un viejo chaleco colgando de la baranda. La madre nos explicó que José era un vagabundo que solía venir en otras épocas a buscar comida, que era verdad que ese chaleco era suyo, puesto que ella misma se lo había dado. Pero José había muerto el verano anterior, lo habían encontrado en el cerro, cerca del cajón del río. No se explicaba cómo el chaleco estaba allí.
    No sé qué pasó después, esa parte se ha borrado. Nos volvimos a Buenos Aires. Años más tarde reflexionando sobre esto de  las imágenes de la mente, pensé que tal vez la persistencia del  recuerdo de José hizo que el nene creyera  verlo junto con el chaleco. O tal vez  su imagen voló de alguna  mente y logró materializarse en el cajón del río.

                                                                                       Irene Villarino

 

Escribir desde….
 La papelera  ya está llena. Las  hojas arrugadas. Tal vez si empujara con el pie entrarían más. No sé, qué desperdicio de papel. Pero parece que todavía no sale nada. Empezar con “Ella creyó que era el hombre de su vida cuando lo conoció”… No, no puedo empezar así, ella no creyó nada. “Cuando lo conoció…”, no puedo empezar con una subordinada temporal, tiene que ser la oración principal. “Ella miró con admiración a ese hombre”… No era exactamente admiración, tal vez impresión, ¿impresión de qué? Entusiasmo, no, tampoco era entusiasmo. Era algo así como algo que llama la atención porque brilla, o es diferente, inusitado.
“Ella miró con atención al hombre”,  ahí tal vez esté un poco mejor. “Él ni siquiera la miró, pero ella sintió la incipiente intuición de que en un futuro no muy lejano, se conocerían mejor”.
¿Qué es esto? ¿Dónde me lleva? A una historia de amor predestinado, el viejo truco de la intuición femenina. No, es un enredo.
 “El tipo estaba ahí, ella lo miró”. Es un poco brutal, pero veremos qué sale. “El giró la cabeza y reparó en ella, tal vez sintió la mirada fija en su …” ¿Dónde podría ella fijar su mirada? Si es en la nuca quiere decir que no le vio la cara, no sirve. Si es en la propia cara, es muy  fuerte, es raro que una mujer se quede mirando fijamente, salvo que sea una novela  de terror, o de misterio. “Mientras ella lo miraba de reojo, él giró la cabeza y la vio. Tal vez un poco sorprendido. Cuando terminó de hablar con la vendedora, se acercó y la saludó:    -¿Nos conocemos? Ella se ruborizó un poco, se puso nerviosa y negó con la cabeza…”
No, no. Me parece que estoy creando un personaje de otra época, muy novelesco en el peor sentido de la palabra. Si quiero avanzar, ella lo mira y él la mira, listo. Otro día se tienen que encontrar y se vuelven a mirar. Es así, cuando dos personas se gustan, algo aparece a través de los ojos e intuitivamente se buscan. Ella va a volver al mismo lugar, porque sabe que puede encontrarlo. Y él, también. Lo que pase después dependerá de cuánta energía se genere en esos encuentros, que parecen fortuitos y son en realidad búsquedas desesperadas del otro. Aunque en un principio esa desesperación no debe notarse, sino que aparezca gradualmente, de manera que el lector lo vaya descubriendo y tal vez identificándose con ellos. Y lo que suceda entre ellos ya no será mi voluntad, se sabe, los personajes suelen buscar su independencia. Falta que le ponga un nombre a cada uno para que tomen forma y vida propia. Ella puede llamarse  Analía  y tendrá ojos oscuros. Él se llama Álvaro, es un poco desgarbado, usa anteojos, pero es muy sensual. Ambos portan una tristeza antigua, que marca sus gestos.
 No sé por qué los dos tienen nombres con A. Quizá por esto de los comienzos. ¿Serán adánicos? No, qué cosas se me ocurren, horror. Mejor que sean hedónicos. Una vez que se conozcan ya no podrán estar solos, y van a crear muchos conflictos en la gente que los conoce. Otro día sigo, estoy segura de que cuando vuelva a la máquina, ellos me dirán qué están haciendo.
Irene

jueves, 23 de octubre de 2014



             


FUGAS

Cada noche ella escuchaba cómo él se levantaba silenciosamente, creyéndola dormida, y salía, para volver a las cuatro horas, exactamente.
La primera vez se despertó con el chirrido apenas perceptible de la puerta, tanteó la cama y comprendió que él había salido. Lo esperó sin encender la luz, sintiendo los latidos en su pecho. Cuando él volvió, se hizo la dormida. Comprendió que no debía decir nada. A la noche siguiente se acostaron, ella sostuvo una respiración rítmica para simular el sueño y escuchó cómo él volvía a levantarse, se vestía y salía. Cada vez regresaba a las cuatro horas exactas.
Una noche se asomó al balcón y lo  vio, tapado con la capa amarilla que usaba los días de lluvia, cuando hacía entregas en su moto. Lo reconoció por la forma de caminar y llegó a entrever su mano velluda sosteniendo la capa.
Cada noche ella escuchaba cómo él se levantaba y salía, para regresar a las cuatro horas, exactamente.
Entonces decidió que debía huir. Comenzó a planear su fuga, detalle por detalle. No era algo que ella hubiera esperado, por el contrario, había soñado estar con él para toda la vida. Se conocían desde chicos, prácticamente se habían criado juntos y así, naturalmente, se habían enamorado y se habían venido los dos  a la ciudad. Una vez había escuchado algunos comentarios en su pueblo, pero en ese momento no alcanzó a comprender, o no quiso. Alguien había sugerido algo, habría antecedentes, rumores.
Fue muy feliz con él. Hablaban todo, compartían cada momento de sus vidas.
Se preguntó a sí misma por qué había fingido dormir. No sabía muy bien. O tal vez sí, sabía. En algún rincón de su mente se encendió un alerta, intuitivamente sintió que debía actuar de esa manera. ¿Instinto de supervivencia?
Durante la semana ensayó la huida. Ensayó guardar sus ropitas en un bolso, y tomaba el tiempo que tardaría en el acarreo hasta el ascensor. La oportunidad llegó cuando él le anunció que ese fin de semana viajaría a Junín, además de visitar a su madre cerraría un negocio pendiente. Por supuesto él no sospechaba sus intenciones de fuga, pero a ella le estaba costando mirarlo a los ojos. También puso excusas para las caricias, aunque él no insistió demasiado.
Ese sábado preparó sus cosas, pocas en realidad. Su ropa, su guitarra, algunos libros.
Llamó un taxi y salió. Pararía por unos días en un hotel, hasta saber qué rumbo tomar. Si todo hubiera seguido igual, no se habría alarmado, pero las últimas noches notó que él regresaba un poco antes de pasadas cuatro horas y eso le dio la pauta del  peligro.
No fuera cosa, que él se olvidara quién era ella y volviera antes de recuperar su forma humana.

martes, 26 de agosto de 2014





Yo, madrastra

Hace siglos que sufro en silencio. El destino me colocó en este sitio detestable, en el que no hubiera querido estar. Pero fue por amor. Y por las contradicciones del amor. No sé si debo pedir perdón por algo que provocó  el destino. Tal vez.
Cuando me enamoré del duque sabía que era viudo, al principio temí al fantasma de su primera mujer, traté de conjurarlo para que no se interpusiera. No hizo falta. Él ni siquiera la nombraba, no sentía pena ni nostalgia. Había sido un casamiento arreglado, según la costumbre. 
Pero lo nuestro fue diferente, desde que lo vi supe que no podría detenerme hasta que me hiciera su esposa. Sus ojos brillantes e inteligentes eran el sol para mí. No pude negarme a sus brazos la primera vez que estuvimos solos y me arriesgué, sí, me arriesgué a su repudio. No fue así. Ël también cayó en mis brazos  y ya no pudimos separarnos. Nos casamos. La felicidad era inmensa y parecía que nada ni nadie la empañaría. Hasta que Blancanieves comenzó a crecer. Y se convirtió en esa jovencita tan atractiva que nadie dejaba de mirar y desear. El duque mismo empezó a elogiarla y admirarse por su gran belleza. No podía soportarlo. Sospeché cierta mirada lasciva en él. ¡Hacia su propia hija! Cuando ella estaba presente no tenía más ojos que para ella, le hablaba con dulzura, le acariciaba el pelo. ¡Qué horror!
Cuando me miré al espejo comprendí que mi rostro ya no era el de la jovencita que quince años atrás se había enamorado del duque. Llamé a las mejores damas que usaban ungüentos y afeites para mejorar mi aspecto. Llamé al hechicero más viejo del reino para que conjurara al tiempo y detuviera mis pequeñas arrugas. Ni siquiera él pudo hacer nada. El tiempo pasaba y así como yo envejecía, Blancanieves florecía y se hacía más bella.   Yo sabía que para ella también pasaría el tiempo, que su belleza declinaría, pero esto era el presente, la inminencia. Temí perder el amor y el deseo del duque. Ningún joven se animaba a pedir la mano de Blancanieves y llevársela lejos, puesto que temían al duque que tanto la amaba. Parecía un tesoro inalcanzable. Sentí que ella no se iría si yo no hacía algo para que desapareciera de nuestras vidas. Solo la muerte pondría fin a mis sufrimientos. El duque se consolaría y volvería a mis brazos.
Lo que pasó después ya lo saben. El destino se interpuso entre mis planes y ella volvió.
El destino me puso en este lugar detestable de ser una perdedora, una fracasada.


Irene Villarino