martes, 26 de agosto de 2014





Yo, madrastra

Hace siglos que sufro en silencio. El destino me colocó en este sitio detestable, en el que no hubiera querido estar. Pero fue por amor. Y por las contradicciones del amor. No sé si debo pedir perdón por algo que provocó  el destino. Tal vez.
Cuando me enamoré del duque sabía que era viudo, al principio temí al fantasma de su primera mujer, traté de conjurarlo para que no se interpusiera. No hizo falta. Él ni siquiera la nombraba, no sentía pena ni nostalgia. Había sido un casamiento arreglado, según la costumbre. 
Pero lo nuestro fue diferente, desde que lo vi supe que no podría detenerme hasta que me hiciera su esposa. Sus ojos brillantes e inteligentes eran el sol para mí. No pude negarme a sus brazos la primera vez que estuvimos solos y me arriesgué, sí, me arriesgué a su repudio. No fue así. Ël también cayó en mis brazos  y ya no pudimos separarnos. Nos casamos. La felicidad era inmensa y parecía que nada ni nadie la empañaría. Hasta que Blancanieves comenzó a crecer. Y se convirtió en esa jovencita tan atractiva que nadie dejaba de mirar y desear. El duque mismo empezó a elogiarla y admirarse por su gran belleza. No podía soportarlo. Sospeché cierta mirada lasciva en él. ¡Hacia su propia hija! Cuando ella estaba presente no tenía más ojos que para ella, le hablaba con dulzura, le acariciaba el pelo. ¡Qué horror!
Cuando me miré al espejo comprendí que mi rostro ya no era el de la jovencita que quince años atrás se había enamorado del duque. Llamé a las mejores damas que usaban ungüentos y afeites para mejorar mi aspecto. Llamé al hechicero más viejo del reino para que conjurara al tiempo y detuviera mis pequeñas arrugas. Ni siquiera él pudo hacer nada. El tiempo pasaba y así como yo envejecía, Blancanieves florecía y se hacía más bella.   Yo sabía que para ella también pasaría el tiempo, que su belleza declinaría, pero esto era el presente, la inminencia. Temí perder el amor y el deseo del duque. Ningún joven se animaba a pedir la mano de Blancanieves y llevársela lejos, puesto que temían al duque que tanto la amaba. Parecía un tesoro inalcanzable. Sentí que ella no se iría si yo no hacía algo para que desapareciera de nuestras vidas. Solo la muerte pondría fin a mis sufrimientos. El duque se consolaría y volvería a mis brazos.
Lo que pasó después ya lo saben. El destino se interpuso entre mis planes y ella volvió.
El destino me puso en este lugar detestable de ser una perdedora, una fracasada.


Irene Villarino