lunes, 5 de agosto de 2013

                    Hilado

en el dedal    la espuma del hilo y la lana

qué hilos     qué ovillos    hemos perdido

la  aguja    dibuja      la trama

entre   las manos
sólo  un botón
moneda  de tiempo  gastado

la aguja 
d
i
b
u
j
a
la trama

                                                           Irene L  Villarino
Oralidad

Había cierto mandato familiar en el tema de escribir, ser escritor, formar la realidad con palabras. Aunque en nuestra familia siempre las palabras fueron pocas, parcas. La Parca, miedo a su alusión, quizá por eso, escuetas palabras, lo no dicho más fuerte que lo dicho, lo escondido en los silencios. Los temores detenidos con gambetas de palabras, la versatilidad del gesto, la frase con doble sentido, juegos verbales, bromas, la palabra-arma, el verso y la rima fácil, la canción, todos atributos familiares.
La multitud de formas sonoras, onomatopeyas, imitaciones, vericuetos donde se tejía la historia familiar, cargados de huecos, de vacíos. Horror al vacío del silencio. Lo llenábamos con grandes comilonas.
La abuela, los tíos, las tías, los primos, todos con el sello del juego oral, palabras a medias, palabras inventadas, risas con a, con u, con o. Sólo tío Pedro usaba la i: su ji jiji era burlón, hiriente, desde un costado, mirando de soslayo, con el rostro hinchado y colorado después de largar el dardo verbal.
Nuestros discursos sabían de heridas y de mieles. Papá escribía  versos de amor a mamá novia. Versos inflamados, con  metáforas usadas, pero nuevas para él, poco leído. Con reminiscencias tangueras y flamencas, comparaciones gauchescas, “el clavel de tu boca”, “cuando tus ojos me miran/ se encienden las estrellas” y cosas por el estilo.
Mamá verseaba triste, íntimamente, como para ella, en un cuaderno finito que pronto se acababa. Y lo dejaba ahí, en la mesita de luz para que lo leyéramos y nos enteráramos. Ella sufría, no se sabía muy bien por qué. Porque este es “un valle de lágrimas”, porque “la Humanidad ultraja” y por cosas así.
El floreo verbal duró lo que el noviazgo y el primer año de casados. La queja verseada y rimada de mamá persistió, se agudizó con los años  y en su viudez se transformó en frases entrecortadas llenas de puntos suspensivos, como dejando cierto lugar a la esperanza. Los puntos suspensivos parecían oraciones para completar, como las que manda la maestra, solo  que el sentido era misterioso, y había que descubrir lo que ella quería decir.
Con los años ciertas palabras se fueron apagando, desaparecieron del vocabulario familiar. También desaparecieron algunos miembros de la familia. Cuando murió la abuela, nadie volvió a decir “mama”; cuando se fue el abuelo, nadie se atrevía a nombrar a los anarquistas, ni a los bomberos ni al cáncer que se lo llevó.  Aparecieron  huecos más grandes cuando murió papá: ciertos nombres de  ciudades que él frecuentaba  se omitían o eran dichos despacito, mirándose con temor, su propio nombre ya no se dijo. Era imposible decir “Ricardo” sin crear un hondo silencio sombrío, los parientes se miraban entre sí como cuando alguien dice una blasfemia o se nombra al tabú.  E inmediatamente cambiaban de tema, como si el hecho no hubiera existido y aparecía tío Juan con una anécdota que todos escuchaban sonrientes, entonces el equilibrio se restablecía y el mundo seguía andando.
Las comilonas eran frecuentes en mi familia, con cualquier excusa se organizaba una. Siempre en casa de la abuela.
A veces eran enormes asados que perduraban hasta la madrugada. En otras ocasiones la abuela hacía una gran raviolada. Las tías ayudaban marcando la masa con el cuadro de madera y pasaban la ruedita. La  masa y el relleno eran exclusividad de la abuela. Los hombres traían las damajuanas, la sidra, la soda. Mis primos y yo jugábamos en el patio, el jardín o explorábamos la terraza, llena de trastos abandonados a la intemperie.
Por costumbre se convidaba a los vecinos con un choricito, con un vaso de vino, con un plato de pastas. Además  de los múltiples cumpleaños debido a la abundancia de miembros, la excusa más próxima era una despedida. Se despedía al tío Pedro que se iba a la colimba, al tío Juan que viajaba a Chile, se festejaba la jubilación del abuelo, se despedía al amigo que iba y venía de San Luis varias veces  al año.
Cada fiesta daba ocasión a los discursos: tío Pedro o papá eran los más requeridos. Con el vaso en la mano se encendían los rostros con las palabras engalanadas, brillantes de adjetivos y deseos de fortuna y prosperidad.  El mensaje último era el anhelo escondido en todos los corazones y que los hacía palpitar con más fuerza: salir de pobres, ganar la grande, tener mucha plata para poder compartir con los parientes, los vecinos, seguir los festejos y  brindar con champán en cambio de sidra.

Irene Villarino
TAPIA

Tapia   tapiada   la vida
u u u u u u u  u
ambulancia  blanca
zumba    busca   delata 
      Amalia
pálida  entre sábanas 
decae    diabetes    anciana
tiembla    trema    torna
los ojos a la ventana

más  allá    en  el  jardín
Florencia   niña  glauca
se acurruca  en una hamaca
mira nubes   con alas    con patas
recorre con sus dedos
el borde  filoso  del  arpa
parpadea      suspira    levita
busca la pared alta
el jazmín  allí dormido
con  una piedrita  blanca
donde  esa tarde
Daniel Vecino
 el hijo del señalero
a  escondidas     
 velozmente
escribió  en letra menuda
y con un lápiz  
  te quiero                                      

 Irene Villarino
EL LIBRO

Estaba decidida a ir, pero daba vueltas y vueltas. Me levanté temprano, me bañé y salí. Al llegar a la esquina frené un poco, tal vez porque la cercanía me atemorizó. Toqué el timbre deseando que no hubiera nadie. Salió a abrirme una anciana, era una vecina que me explicó que Silvina no estaba, que había tenido que viajar a la Capital  por un asunto familiar. Respiré. Después de todo, esa ausencia me tranquilizaba.

Pasó una semana. No sabía si llamar primero o ir directamente. Repetí la rutina. Me bañé y salí. Al llegar a la esquina disminuí la marcha. Toqué el timbre sintiendo  palpitaciones. Esta vez no respondieron. Insistí. Pasados dos minutos la puerta se abrió de golpe y ahí estaba Silvina, con una venda en la nariz y “mi” pañuelo de seda sosteniendo  un yeso en su brazo izquierdo.
Seguro que antes de abrir sabía o intuía que era yo, me miró seria y como diciendo “quéhacésacá”.
-Hola. Vengo a traerte la plata que me prestaste.
-Bueno, dámela.
-Entiendo que estés enojada. Pero, bueno, espero que te cures bien…
-Claro, espero que me crezca otra nariz nueva, porque la mía ya no está más.  ¡Me tuvieron que injertar! -dijo con cierto sarcasmo y dolor.
Me quedé mirándola sin saber qué decir. No podía pedir perdón. A pesar de que lamentaba lo que había pasado y las consecuencias que había tenido, mi rencor hacia Silvina también era muy fuerte y en el fondo me parecía bien haberle roto la nariz y que se hubiera  quebrado el brazo. De todas maneras era yo la que debía soportar las declaraciones en la comisaría, el juzgado y tutti quanti. Aunque no iba a ir presa y ella no parecía estar dispuesta a seguir con el asunto, en el fondo yo sentía culpa. Pero la bronca era más fuerte. Esa mezcla de sensaciones que hacen que una no sepa cómo reaccionar, qué decir.
-Bueno, tomá.
Me di media vuelta y me fui. Sentí el golpe de la puerta.
Traté de caminar lentamente, como si de esa manera el corazón latiera más despacio.
Al llegar a casa, me tiré en el sillón y cerré los ojos.
Las imágenes de lo sucedido volvían y volvían. Silvina pidiéndome el libro de medicina  yo diciéndole que no lo tenía, jurando  que se lo había devuelto. Su enojo, su reproche. Veía la cara de  Sebastián feliz con el libro- ¡no podía creer que se lo hubiera regalado!- Silvina gritándome mentirosa, traidora, cobarde, fuera de sí. Mis brazos levantando  la silla, mi furia, el golpe,  su caída, la  sangre en su cara. Gritaba. Gritaba. Gritaba…

Bueno, veremos. Quizá después que se cure le pido perdón.


 ANCIANO

¡Qué lo parió! Otra vez se me cayó el vaso. Esta Mercedes siempre me lo pone en el borde de la mesa. Voy a tener que levantar los vidrios por las dudas, si no encima va a protestar. ¡Ay, ay, ay! Con lo que cuestan las cosas… ¡Mercedes! ¿No viste mis anteojos? Por acá deben estar… ah, sí, acá están. Primero voy a leer el diario, después voy a buscar la pala y la escoba. Bah, los vidrios rotos hay que envolverlos para que nadie se lastime, por las dudas. Estos políticos siempre igual, prometiendo, prometiendo, pero a los jubilados siempre nos joden. A ver, acá está. Salió el 38, qué macana. Mañana le digo a Dorita que le juegue otra vez al 45, a la cabeza y a los premios. Bueno, ninguna novedad. Otra vez cambiaron al técnico de Independiente, esos atorrantes… ya no se puede ni ir a la cancha ¡Haceme el favor! Pastoriza, Artime, Tarabini, Santoro, Bochini… esos eran jugadores! Ahora juegan solo por la guita, se van a Europa por la plata, no hay amor a la camiseta. ¿Quién va a sacar adelante al club así?
¡Si habremos jugado con los pibes en el potrero!  Ahora está todo edificado, lleno de departamentos, los chicos no pueden jugar a la pelota. Hay que pagar para todo…
Si no fuera porque me quedé charlando con el cartero ni me entero que se murió José. No me quieren decir cuando se muere un amigo del barrio. ¿Qué se piensan? ¿Qué soy un bebé, que me voy a poner a llorar? No quieren que me amargue, pero ya sé que a todos nos llega la Parca. Qué va a hacer… es la ley de la vida. Me parece que José tenía algunos añitos más que yo, pero siempre se sacaba el viejo, no quería aceptar los años. ¡Ja! Cuando murió Vicente fue otra cosa, estaba re bien, el médico le había dicho a la jermu que tenía marido para rato, y al poco tiempo,¡paf! Un ataque. ¿Habré tomado la pastilla para la presión hoy? No me acuerdo… me parece que sí. Será lo que será, pero de eso Mercedes se ocupa, nunca me  faltan los remedios. A ver este diario de porquería que otra cosa dice: “Inauguran Polo Científico” ¡Ja! Dejaron que se vayan todos a Norteamérica y ahora piensan que por un cartelito de mierda vamos a tener ciencia. En la época de Frondizi parecía que todo iba a ser moderno, muy científico, pero después los militares le vendieron todo a los yanquis. Nos imaginábamos en el 2000 viajando todos en cohete. Vicente no llegó al 2000 y Juancito tampoco, qué se va a hacer… Yo pasé el 2000 y el 2010, y acá estoy. Puta madre, ya tengo que ir a mear de nuevo. ¡Aj…! Esta rodilla jodida, me cuesta levantarme del sillón. A ver, este cierre de porquería, se me traba siempre. Pero… Uh, me mojé un poquito. ¡Mercedes! ¡Traeme un pantalón limpio, pero no con cierre! Uno con botones, de los míos de siempre.


                                                            Irene L. Villarino