EL LANZADOR DE MANZANAS
-¿Leíste en el diario lo que pasó en el Bulevar
Oroño?-
-No, ¿qué pasó?
-Se robaron la estatua del lanzador de
manzanas.
Esas palabras simples generaron un sobresalto
en Quique. Esa pequeña estatua era casi suya, aunque estuviera en un paseo
público. Su infancia había transcurrido en diálogo constante con Jaimito, así
le llamaban los pibes de Rosario, el famoso Lanzador de Manzanas del bulevar.
Inmediatamente llegaron en manada los recuerdos, los partidos de pelota, los
concursos de puntería con la gomera para acertarle a la manzana de la estatua,
las trepadas de los chicos para fantasear películas de cowboys.
-Y, viste, con la malaria que hay, se la
llevaron para fundirla. Parece que se creyeron que era de bronce, pero es de
hierro…
-¡No, no puede ser! No pueden fundirla, no…
-Y si no, para que se la iban a …
Quique dejó con la palabra en la boca a Pocho y
salió corriendo del bar. Miró a ambos lados y cruzó la calle. Fue hasta un
teléfono público y llamó al taller de Figueroa, por las dudas, ya que era el
que tenía data sobre los metales que se vendían en la ciudad. Figueroa le dio
una dirección donde era probable que llevaran la estatua, no cualquiera tenía
la capacidad ni el horno para fundir semejante masa. El único problema era si
la sacaban de la ciudad, ahí le perdería el rastro.
Debía
investigar quién cuernos se había robado la estatua y además trataría de salvarla de la fundición. Esa
estatua era parte de su vida.
Era sábado y tenía tiempo, aunque no mucho; se
daría una vueltita por el galpón que le indicó Figueroa. No era lejos, estaba
al final del paseo de la costanera, en una zona de depósitos y edificios vacíos
que habían sido parte del puerto y el ferrocarril. Quique se desplazaba en su
bicicleta y le fue sencillo pasar por la puerta del lugar y no llamar la
atención. Se escuchaban golpes fuertes que provenían del interior. El portón
estaba abierto, se paró y recorrió con
la vista el lugar. Era un galpón muy amplio, alto, poco iluminado, con distinto
sectores donde se amontonaban piezas de metal de diversas formas y tamaños. El
olor a metal fundido inundaba el ambiente. Se acercó un hombre de rostro
colorado y en cueros que lo miró con desconfianza.
- ¿Qué anda buscando?-
-Buen día, estoy dando vueltas por aquí a ver si
alguien necesita un peón, si hay algún laburito, ¿vio? Está difícil la cosa y
hay que parar la olla. ¿Usted no necesita un ayudante?
El tipo lo miró de arriba abajo como estudiando
sus posibilidades físicas, que no eran precisamente las de un peón fornido,
sino todo lo contrario. Seguramente le habrá llamado la atención su pinta de
oficinista más que de herrero.
- Por ahora no necesito. Este trabajo tiene sus
temporadas, a veces se precisa, a veces no.
-Y en este momento, ¿No le entró trabajo extra?
Digo, alguna cosa de apuro…
-No, no, no, está parado el trabajo, no hay nada.
Quique trataba de escudriñar todo el lugar a
pesar de la penumbra, buscando en algún rincón la estatua. Vio un bulto tapado
con una lona de aproximadamente un metro y medio de alto y sospechó que podría ser “el Lanzador”, era de
esa altura.
-Y quizá un trabajito para barrer, cebar mate,
lo que sea, limpieza acá falta bastante… Quique buscaba una excusa para
quedarse y poder investigar. El tipo negó con la cabeza, lo saludó y se dio
media vuelta, dando por finalizado el diálogo. Quique avanzó con la bicicleta
dentro del galpón, fue hasta el bulto sospechoso y rápidamente arrancó la lona.
El hombre se volvió y le gritó “Eh, qué hace..” Quique giró con la bici y salió
veloz del lugar, mientras oía las
amenazas. El bulto había resultado un
viejo torno oxidado.
Estaba como al principio. Si debía creerle al
tipo, no había entrado trabajo nuevo para fundir, pero, ¿por qué le diría la
verdad? Fundir una estatua pública era un delito, era sabido. Tendría que
volver y revisar bien el lugar, no sea cosa que la fundan ese fin de semana. Todo dependía del apuro y
de la investigación que estaría haciendo la policía. Si él había llegado hasta
ahí tan rápido, la poli también lo haría. Volvería a la noche para investigar
el galpón.
Su pesquisa debería ser más exhaustiva, habría
que hablar con otra gente, tirar las redes para conseguir alguna información.
Cuando volvía para el centro se cruzó con Petete, un pibe flaquito que vivía
mangueando y haciendo changas. Petete conocía todos los circuitos del escruche
y el rebusque. Quique lo saludó y le convidó un cigarrillo, le tiró de la
lengua sobre el robo de la estatua y vigiló su reacción. Le pareció que Petete
no sabía nada. Tampoco le aportó otro dato sobre lugares de fundición que no
fuera el que había visitado. Pero dijo algo interesante. “ Lo pibe a veces
quieren divertirse, viste”.
¿Quién quería divertirse con la estatua de
Jaimito, el lanzador de manzanas? Hasta ahora la teoría era que la querían
fundir para hacer plata. Eso decía el diario y seguramente la policía, el móvil
de un robo siempre es conseguir una ganancia. Pero, ¿y si el móvil fuera otro?
Pensó en sí mismo. ¿Qué haría él si tuviera la
estatua? “Su” estatua, su Jaimito tirador de manzanas, su amado pibe flaco
compañero de juegos infantiles, bello por su saludable inmovilidad, su
constancia y su sonrisa eterna. Nunca imaginó que alguien pudiera llevárselo.
Si hubiera sabido se lo habría llevado él, lo habría puesto en el centro del jardín
y lo habría cuidado hasta la muerte.
Fue a su casa a comer algo y a razonar más
tranquilo. Desde allí podía hacer algunas
llamadas y tantear el terreno. Mientras abría la heladera sonó el
teléfono. Era Pocho, para proponerle una mesa de timba para esa noche.
Insistía, pero Quique no estaba de ánimo, quería concentrarse en su
investigación. –Va el loquito José, los muchachos están preparándose para
desplumarlo, el tipo pone toda la plata y siempre pierde…
A Quique ese nombre le hizo un chispazo. El Loco
José tenía mucha plata, del padre claro, y vivía haciendo apuestas, algunas de
lo más delirantes, y se codeaba con todo el mundo, los más ricos y los
marginales. Todos en Rosario lo conocían
y sacaban provecho de su generosidad de
bolsillo. El chispazo era porque de chicos habían jugado juntos en el bulevar y José siempre decía que la estatua de Jaimito
la había puesto su padre y que entonces era suya. Quique se enojaba y
terminaban discutiendo por eso.
Le contestó que no a Pocho, que no iría y colgó. “Lo pibe
quieren divertirse”, pensó en lo que había dicho Petete y en la propuesta de
Pocho. “Lo pibe” se divertían con el Loco José, se formaba un corrillo y lo
provocaban para que dijera boludeces y apostara fácilmente. Encendió la tele
para ver si decían algo del robo. Nada.
Tenía que organizar cómo entrar en la
fundición, no sabía si había sereno o algún perro guardián. No había visto
ningún perro, pero igual se iba a preparar. Si llegaba a encontrar la estatua,
tendría que llamar a la policía, no se iba a hacer el héroe. Tampoco tenía idea
de la peligrosidad de los ladrones, el diario decía que eran varios en una
camioneta. Con lo que pesaba, no era tarea de uno solo. Si usaron camioneta tal
vez no iban muy lejos, para salir a la ruta sin levantar sospechas lo mejor es
un camión. Eso le parecía.
Esperó al atardecer y se fue para la fundición.
Estaba el portón cerrado, con cadena y candado. Miró hacia el techo para ver si
había alguna ventanita o abertura. Chapa y chapa. ¡Chapa! Claro, podría cortarla.
A esa hora por ahí no había nadie. Se volvió a su casa a buscar unas
herramientas que le sirvieran para abrir un boquete sin hacer ruido. Regresó al
galpón, hizo una abertura con bastante dificultad que le llevó un buen rato,
pero pudo introducirse en el local. Paró la oreja por si había alguien, pero
todo estaba silencioso. Recorrió lentamente todo, rincón por rincón, mirando a
todos lados con miedo de que lo descubran. Pero a pesar de su minuciosidad, ni
rastros de la estatua. Estaba por irse cuando en un costado descubrió una tapa de acero en el piso, como
una caja fuerte de gran tamaño enterrada y amurada. Era imposible abrirla con
las herramientas que tenía. Tal vez estaba allí. Cuando ya estaba bien oscuro,
desalentado salió y volvió al centro.
Decidió pasar por el club donde se reunirían
para la timba. Todavía no habían llegado, era temprano. Se sentó a tomar una
cerveza. El corazón le latía fuerte por la aventura que había vivido y porque
aún no había conseguido nada concreto. A la media hora llegó el Loco José,
solo, algo bebido, con un saco sport blanco y camisa negra. Se arremangaba el
saco y mostraba el reloj de oro. Saludó y se sentó, mientras miraba a los
costados buscando y observó: –No llegaron los chicos…
-No, todavía no. ¿Qué andás haciendo?- Quique
se lamentaba interiormente de semejante encuentro. -¿Alguna novedad?
-Prontito va a haber novedades, ya te vas a
enterar. ¡Grandioso! ¡Todo Rosario va a hablar de mí!
-Ah sí, mirá vos…¿Y de qué se trata?
-Ya vas a ver, ya vas a ver…
El Loco se levantó y se fue hasta la barra. De
a poco fueron llegando varios muchachos y pasaron a una dependencia interna del club,
donde acostumbraban jugar a las cartas y armar apuestas. Se escuchaba la risa
del Loco y las voces de los otros. Quique no llegaba a distinguir por qué
discutían, solo escuchaba la palabra
“guita”. Después de un rato salieron todos, parecía que iban a seguirla en otro
lado. En ese momento llegó Pocho y miró sorprendido. Quique lo saludó y le dijo
que no sabía qué estaba pasando, que todos se iban. Pocho se fue tras ellos a
la calle. Quique pagó la cerveza y salió.
Había varios vehículos en la calle donde
subieron los muchachos del club, arrancaron y se marcharon todos en dirección
al río. A Quique le llamó un poco la
atención, pero no le interesaban ese tipo de juergas y volvió a su casa. En el
camino pasó por el bulevar y observó el espacio vacío que había dejado la estatua. Todavía se veían los rayones del
arrastre en las baldosas. Acongojado, se fue, sin saber por dónde seguir la
investigación. ¿Cómo se abre una caja fuerte? Había que ser especialista.
El domingo amaneció nublado y triste. Quique se
despertó por las sirenas de la policía que sonaban muy cerca. Después se enteró
lo que había pasado. El Loco José se había estrellado con su auto contra un
árbol a la madrugada. Evidentemente iba a mucha velocidad y estaba borracho. La
juerga había terminado mal. Al anochecer, Quique fue a sentarse en uno de los
bancos del bulevar y vio cómo llegaba una camioneta con varios hombres. Se
ocultó detrás de un árbol para observar. Los tipos bajaron un bulto y lo arrastraron hacia el lugar donde
había estado el Lanzador. Quique no podía creer lo que estaba viendo, la escena
era como un sueño. La estatua estaba
otra vez ahí, aunque la dejaron acostada y se fueron rápidamente.
La Municipalidad se encargó de reponerla en su lugar. Con una
gran ceremonia se colocó una reja y una placa de bronce para celebrar el
acontecimiento de la “valiosa recuperación que habían realizado nuestras
fuerzas públicas en cumplimiento del deber”. Quique estaba furioso, estaba
seguro de que los ladrones la habían devuelto, de que no era la policía ni los
municipales quienes la recuperaron.
Un tiempo después, pasó por el bar y se encontró con Pocho.
Finalmente, éste le contó lo sucedido ese sábado después de que se fueron del
club.
-Un grupo de muchachos le apostaron al Loco José
que eran capaces de robarse la estatua
del Lanzador de manzanas, el Loco decía que esa estatua era suya, que no se
animarían y que no se podía despegar del
piso. Los muchachos fueron y se la llevaron. Cuando le reclamaron la plata, el
Loco no quiso pagar. En realidad ya no tenía un peso, parece que el viejo le
estaba cortando los víveres. Discutieron bastante, los pibes se reían, pero lo presionaban,
acostumbrados como estaban a sacarle plata fácilmente. Pero esta vez la cosa se
puso pesada, el Loco no aflojaba. Chupó mucho y se fue nervioso porque iban a
correr el rumor de que él se había robado la estatua, lo iban a desprestigiar.
Y bueno, así fue que se mató esa madrugada. Los pibes se sintieron mal, se
arrepintieron por la cagada que se habían mandado y devolvieron el Lanzador al
bulevar.
Irene Villarino