martes, 26 de noviembre de 2013



 


TESOROS   ENCONTRADOS
    Salí al jardín un poco hastiada de la conversación,  que había virado hacia terrenos un tanto escabrosos. No quería sacrificar algunas relaciones amistosas por ponerme a discutir. En eso estaba cuando vi una pluma blanca que  bajaba lentamente y se depositaba en el pasto. No llegó a quedarse quieta, una suave brisa la movía. Quise agarrarla y se voló. Me empeciné en cazarla y volvió a escurrirse. Ahora levantaba vuelo nuevamente y se quedaba enganchada en una rama de la rosa china. Fui hasta ahí, pero otra vez  voló. Me dio un poco de risa, pero estaba resuelta a agarrarla y seguí tras la pluma por el jardín, hasta que un vientito más fuerte la llevó detrás del muro hacia la casa lindera.  Abrí el portón rápidamente y salí, en busca de mi pluma. Estaba un poco complicado el asunto, pues la casa vecina tenía una reja bastante alta y la puerta estaba cerrada.
   Parecía que no había nadie, revisé con la mirada el pequeño jardín y descubrí la pluma entre unas flores de corona de cristo.¡ Ahí estás! Pensé y toqué timbre. Nadie respondió. Insistí. Nada. Era complicado saltar la reja, sumado a que si alguien me veía podía tomarme por una ladrona. Me volví a la casa de Antonio donde seguían discutiendo, a buscar una vara, caña o lo que fuere suficientemente largo para llegar hasta la pluma. Fui al lavadero a revisar, solo había un escobillón y un secador. Saqué los palos de ambos y pensé en unirlos. Tendría que haber por allí alguna cinta adhesiva. Lo único que encontré fue un pequeño rollo de cinta scoch casi vacío, no alcanzaba. Revolví un mueblecito de trastos y encontré una vieja llave como de arcón, con un número  47 atado con piolìn. Tal vez podría abrir la puerta de reja, quien sabe. Uní como pude los dos palos, pero se movían mucho, no iba a servir.  Igual volví a la calle con los palos y la llave. Miré si alguien me veía y probé de abrir la cerradura, pero esa  llave era demasiado grande, no servía. Estiré un palo hasta la corona de cristo, no llegaba. Me agaché e intenté nuevamente. Entonces me di cuenta de que aunque el palo llegara a la pluma, no podría engancharla para atraerla, así que el artefacto no me serviría. Volví al lavadero revisar si por casualidad habría una soga, caña de pescar, anzuelo o algo parecido. Nada. Fui al garaje donde sé que Antonio guarda porquerías. Encontré unas cuantas herramientas en una caja y un armario cerrado con llave. Tampoco quería pedirle a él, no me animaba a explicar para qué quería una caña de pescar.
Me senté en el borde de un banquito a pensar. ¿Qué otra solución? Volví a la calle a mirar mi pluma. Ahí estaba todavía. Tal  vez si esperaba al atardecer a que volvieran los vecinos podría pedírsela y listo. Faltaban como cuatro horas. 

En casa de Antonio  la famosa discusión había terminado y todos estaban mirando la tele. Un partido de fútbol viejo de Boca-River. Fui a la cocina a preparar un mate, la tarde era larga.
-Antonio, ¿tenés relación con los vecinos de al lado?
Antonio me miró apenas, dijo sí y siguió mirando el partido. A las cinco y treinta y seis escuché ruido de auto y llaves en una cerradura de metal. Me asomé a la ventana y vi una familia que entraba en la casa vecina. ¡Salvada! Corrí a la calle a encararlos y pedir mi pluma con alguna excusa. Era un matrimonio  joven y dos niños, una nena y un varón. Me paré en la puerta y saludé. Me miraron con curiosidad, les dije que estaba de visita en lo de Antonio y siguieron mirándome sin entender. Repetí: “ Antonio, el vecino”. Entonces la mujer dijo “ahhh”, entró a su casa y detrás suyo  el marido y el nene. La nena, en cambio,  se quedó en el jardín después de cerrar la puerta de reja,  mirándome con curiosidad.
Le dije si por favor me podría alcanzar esa pluma blanca que estaba en la corona de cristo. Sí, dijo y fue corriendo a buscarla. En su generoso arrebato se pinchó un dedo con las espinas y dio un gritito de dolor. Se llevó el dedo a la boca y se quedó mirándome sin decidir qué hacer.
-¡Cuánto lo siento! ¿Cómo te llamás?-Intenté comunicarme.   Ella seguía mirándome  sin hablar. Revolví en mis bolsillos para buscar algo que sirviera para un intercambio de tesoros. Tenía un frasquito  que había encontrado en el ropero de mi abuela, con un dibujo bastante llamativo y se lo ofrecí a cambio de la pluma. La niña siguió mirándome como sin entender. Pero después de unos instantes  muy seria, dijo: -Con eso no alcanza,¿ qué más tenés?
Rápidamente volví a  revisar mis bolsillos y encontré la vieja llave con el 47, se la ofrecí. Siguió mirándome,  esperando más. Saqué un piedrita azul que había conseguido  en la plaza y se la mostré. No respondía. Encontré una figurita con brillantes que siempre llevaba por las dudas. La pluma lo valía. Por fin , la nena tomó la pluma con la punta de los dedos, y dando pequeños saltitos se acercó  a mí  con la otra mano bien  abierta,  para recibir su pago por el  rescate de  mi tesoro.


        LA  CARTA

 Ahora lo rompería en pedacitos chiquititos, chiquititos. El papel escrito. Casi amarillento. Descubierto en esa caja que ella guardaba en el roperito. Y metería los pedacitos en una bolsa negra para que no se vieran y la llevaría a la basura de la calle directamente, para que nadie revuelva, por si acaso.
 Un rato antes Andrés había abierto un sobre viejo y sepia escrito con tinta de tintero y letra inglesa: “Señor Jorge Confalonieri”. Era una carta fechada en Ramos Mejía 24 de noviembre de 1952, “Querido Jorge”… El texto era amoroso y a la vez misterioso, con frases entrecortadas, dirigidas a alguien que entiende más allá de las palabras. La firma “María de los Ángeles”, era sin duda de su madre, con una letra llena de rulos típicos de una  adolescente.
  Un rato antes, Andrés revisaba la caja que su madre había guardado con tanto recelo durante años. En realidad suponía que  allí tal vez  habría alguna referencia al lugar donde se hallaba la escritura de la casa quinta de sus abuelos.
 Un momento  antes de eso, había discutido con su hermano acerca de la famosa escritura.
 Ahora, el papel estaba en su mano, temblando, con una voz interna que no paraba de leer y releer, le parecía escuchar la voz de su madre, como en secreto.
Secreto
Secreto
Secreto
Secreto.
 Los secretos brotaban del papel amarillento y le martillaban la frente. Creía  haber escuchado alguna vez  ese nombre “Jorge Confalonieri”, ridículo nombre, italiano, ajeno, orgulloso.
Puaj.
 ¿Había sido su amante? ¿O solo eran delirios? No imaginaba a su madre con un amante. Tal vez, antes de conocer a su padre. ¿Cuándo se habían casado? Una agitación extrema ocupó todo el cuerpo de Andrés cuando imaginó la situación. No quería saber la fecha de casamiento, no, tampoco quería saber más de lo que sospechaba.
No.
Rompería el papel en pequeños trocitos, pequeñísimos, y los tiraría a la basura…
 Se quedó mirando la ventana con la vista fija, sin parpadear, tratando de dejar su mente en blanco y ver de esa manera si el olvido colmaba su mente y la liberaba del dolor de saber.
 Estaba oscureciendo. No lograba volver el tiempo atrás, este conocimiento había entrado como un tsunami en su cabeza y había arrasado con la figura amorosa y cálida de su madre. La tensión entre la curiosidad  y el dolor de saber esos secretos crecía cada segundo y latía en sus sienes. 
Finalmente, partió en dos la carta, la metió en el sobre y volvió a guardarla en la caja. Cerró el roperito con llave. Salió del cuarto, cerró la puerta y decidió que le daría la llave a su hermano.   No le diría nada de la carta, si él quería abrir el ropero y buscar, problema de él.
Que se hiciera cargo.



EL LANZADOR DE MANZANAS

-¿Leíste en el diario lo que pasó en el Bulevar Oroño?-
-No, ¿qué pasó?
-Se robaron la estatua del lanzador de manzanas.
Esas palabras simples generaron un sobresalto en Quique. Esa pequeña estatua era casi suya, aunque estuviera en un paseo público. Su infancia había transcurrido en diálogo constante con Jaimito, así le llamaban los pibes de Rosario, el famoso Lanzador de Manzanas del bulevar. Inmediatamente llegaron en manada los recuerdos, los partidos de pelota, los concursos de puntería con la gomera para acertarle a la manzana de la estatua, las trepadas de los chicos para fantasear películas de cowboys.
-Y, viste, con la malaria que hay, se la llevaron para fundirla. Parece que se creyeron que era de bronce, pero es de hierro…
-¡No, no puede ser! No pueden fundirla, no…
-Y si no, para que se la iban a …
Quique dejó con la palabra en la boca a Pocho y salió corriendo del bar. Miró a ambos lados y cruzó la calle. Fue hasta un teléfono público y llamó al taller de Figueroa, por las dudas, ya que era el que tenía data sobre los metales que se vendían en la ciudad. Figueroa le dio una dirección donde era probable que llevaran la estatua, no cualquiera tenía la capacidad ni el horno para fundir semejante masa. El único problema era si la sacaban de la ciudad, ahí le perdería el rastro.
 Debía investigar quién cuernos se había robado la estatua y además  trataría de salvarla de la fundición. Esa estatua era parte de su vida.
Era sábado y tenía tiempo, aunque no mucho; se daría una vueltita por el galpón que le indicó Figueroa. No era lejos, estaba al final del paseo de la costanera, en una zona de depósitos y edificios vacíos que habían sido parte del puerto y el ferrocarril. Quique se desplazaba en su bicicleta y le fue sencillo pasar por la puerta del lugar y no llamar la atención. Se escuchaban golpes fuertes que provenían del interior. El portón estaba abierto, se paró  y recorrió con la vista el lugar. Era un galpón muy amplio, alto, poco iluminado, con distinto sectores donde se amontonaban piezas de metal de diversas formas y tamaños. El olor a metal fundido inundaba el ambiente. Se acercó un hombre de rostro colorado y en cueros que lo miró con desconfianza.
- ¿Qué anda buscando?-
-Buen día, estoy dando vueltas por aquí a ver si alguien necesita un peón, si hay algún laburito, ¿vio? Está difícil la cosa y hay que parar la olla. ¿Usted no necesita un ayudante?
El tipo lo miró de arriba abajo como estudiando sus posibilidades físicas, que no eran precisamente las de un peón fornido, sino todo lo contrario. Seguramente le habrá llamado la atención su pinta de oficinista más que de herrero.
- Por  ahora no necesito. Este trabajo tiene sus temporadas, a veces se precisa, a veces no.
-Y en este momento, ¿No le entró trabajo extra? Digo, alguna cosa de apuro…
-No, no, no, está  parado el trabajo, no hay nada.
Quique trataba de escudriñar todo el lugar a pesar de la penumbra, buscando en algún rincón la estatua. Vio un bulto tapado con una lona de aproximadamente un metro y medio de alto y  sospechó que podría ser “el Lanzador”, era de esa altura.
-Y quizá un trabajito para barrer, cebar mate, lo que sea, limpieza acá falta bastante… Quique buscaba una excusa para quedarse y poder investigar. El tipo negó con la cabeza, lo saludó y se dio media vuelta, dando por finalizado el diálogo. Quique avanzó con la bicicleta dentro del galpón, fue hasta el bulto sospechoso y rápidamente arrancó la lona. El hombre se volvió y le gritó “Eh, qué hace..” Quique giró con la bici y salió veloz del lugar, mientras oía  las amenazas.  El bulto había resultado un viejo torno oxidado.
Estaba como al principio. Si debía creerle al tipo, no había entrado trabajo nuevo para fundir, pero, ¿por qué le diría la verdad? Fundir una estatua pública era un delito, era sabido. Tendría que volver y revisar bien el lugar, no sea cosa que la fundan  ese fin de semana. Todo dependía del apuro y de la investigación que estaría haciendo la policía. Si él había llegado hasta ahí tan rápido, la poli también lo haría. Volvería a la noche para investigar el galpón.
Su pesquisa debería ser más exhaustiva, habría que hablar con otra gente, tirar las redes para conseguir alguna información. Cuando volvía para el centro se cruzó con Petete, un pibe flaquito que vivía mangueando y haciendo changas. Petete conocía todos los circuitos del escruche y el rebusque. Quique lo saludó y le convidó un cigarrillo, le tiró de la lengua sobre el robo de la estatua y vigiló su reacción. Le pareció que Petete no sabía nada. Tampoco le aportó otro dato sobre lugares de fundición que no fuera el que había visitado. Pero dijo algo interesante. “ Lo pibe a veces quieren divertirse, viste”.
¿Quién quería divertirse con la estatua de Jaimito, el lanzador de manzanas? Hasta ahora la teoría era que la querían fundir para hacer plata. Eso decía el diario y seguramente la policía, el móvil de un robo siempre es conseguir una ganancia. Pero, ¿y si el móvil fuera otro?
Pensó en sí mismo. ¿Qué haría él si tuviera la estatua? “Su” estatua, su Jaimito tirador de manzanas, su amado pibe flaco compañero de juegos infantiles, bello por su saludable inmovilidad, su constancia y su sonrisa eterna. Nunca imaginó que alguien pudiera llevárselo. Si hubiera sabido se lo habría llevado él, lo habría puesto en el centro del jardín y lo habría cuidado hasta la muerte.
Fue a su casa a comer algo y a razonar más tranquilo. Desde allí podía hacer algunas  llamadas y tantear el terreno. Mientras abría la heladera sonó el teléfono. Era Pocho, para proponerle una mesa de timba para esa noche. Insistía, pero Quique no estaba de ánimo, quería concentrarse en su investigación. –Va el loquito José, los muchachos están preparándose para desplumarlo, el tipo pone toda la plata y siempre pierde…
A Quique ese nombre le hizo un chispazo. El Loco José tenía mucha plata, del padre claro, y vivía haciendo apuestas, algunas de lo más delirantes, y se codeaba con todo el mundo, los más ricos y los marginales. Todos en  Rosario lo conocían  y sacaban provecho de su generosidad de bolsillo. El chispazo era porque de chicos habían jugado juntos  en el bulevar y   José siempre decía que la estatua de Jaimito la había puesto su padre y que entonces era suya. Quique se enojaba y terminaban discutiendo por eso.
Le contestó que no  a Pocho, que no iría y colgó. “Lo pibe quieren divertirse”, pensó en lo que había dicho Petete y en la propuesta de Pocho. “Lo pibe” se divertían con el Loco José, se formaba un corrillo y lo provocaban para que dijera boludeces y apostara fácilmente. Encendió la tele para ver si decían algo del robo. Nada.
Tenía que organizar cómo entrar en la fundición, no sabía si había sereno o algún perro guardián. No había visto ningún perro, pero igual se iba a preparar. Si llegaba a encontrar la estatua, tendría que llamar a la policía, no se iba a hacer el héroe. Tampoco tenía idea de la peligrosidad de los ladrones, el diario decía que eran varios en una camioneta. Con lo que pesaba, no era tarea de uno solo. Si usaron camioneta tal vez no iban muy lejos, para salir a la ruta sin levantar sospechas lo mejor es un camión. Eso  le parecía.
Esperó al atardecer y se fue para la fundición. Estaba el portón cerrado, con cadena y candado. Miró hacia el techo para ver si había alguna ventanita o abertura. Chapa y chapa. ¡Chapa! Claro, podría cortarla. A esa hora por ahí no había nadie. Se volvió a su casa a buscar unas herramientas que le sirvieran para abrir un boquete sin hacer ruido. Regresó al galpón, hizo una abertura con bastante dificultad que le llevó un buen rato, pero pudo introducirse en el local. Paró la oreja por si había alguien, pero todo estaba silencioso. Recorrió lentamente todo, rincón por rincón, mirando a todos lados con miedo de que lo descubran. Pero a pesar de su minuciosidad, ni rastros de la estatua. Estaba por irse cuando en un costado  descubrió una tapa de acero en el piso, como una caja fuerte de gran tamaño enterrada y amurada. Era imposible abrirla con las herramientas que tenía. Tal vez estaba allí. Cuando ya estaba bien oscuro, desalentado salió  y volvió al centro.
Decidió pasar por el club donde se reunirían para la timba. Todavía no habían llegado, era temprano. Se sentó a tomar una cerveza. El corazón le latía fuerte por la aventura que había vivido y porque aún no había conseguido nada concreto. A la media hora llegó el Loco José, solo, algo bebido, con un saco sport blanco y camisa negra. Se arremangaba el saco y mostraba el reloj de oro. Saludó y se sentó, mientras miraba a los costados buscando y observó: –No llegaron los chicos…
-No, todavía no. ¿Qué andás haciendo?- Quique se lamentaba interiormente de semejante encuentro. -¿Alguna novedad?
-Prontito va a haber novedades, ya te vas a enterar. ¡Grandioso! ¡Todo Rosario va a hablar de mí!
-Ah sí, mirá vos…¿Y de qué se trata?
-Ya vas a ver, ya vas a ver…
El Loco se levantó y se fue hasta la barra. De a poco fueron llegando varios muchachos  y pasaron a una dependencia interna del club, donde acostumbraban jugar a las cartas y armar apuestas. Se escuchaba la risa del Loco y las voces de los otros. Quique no llegaba a distinguir por qué discutían, solo  escuchaba la palabra “guita”. Después de un rato salieron todos, parecía que iban a seguirla en otro lado. En ese momento llegó Pocho y miró sorprendido. Quique lo saludó y le dijo que no sabía qué estaba pasando, que todos se iban. Pocho se fue tras ellos a la calle. Quique pagó la cerveza y salió.
Había varios vehículos en la calle donde subieron los muchachos del club, arrancaron y se marcharon todos en dirección al río. A Quique le llamó un poco  la atención, pero no le interesaban ese tipo de juergas y volvió a su casa. En el camino pasó por el bulevar y observó el espacio vacío que había dejado  la estatua. Todavía se veían los rayones del arrastre en las baldosas. Acongojado, se fue, sin saber por dónde seguir la investigación. ¿Cómo se abre una caja fuerte? Había que ser especialista.
El domingo amaneció nublado y triste. Quique se despertó por las sirenas de la policía que sonaban muy cerca. Después se enteró lo que había pasado. El Loco José se había estrellado con su auto contra un árbol a la madrugada. Evidentemente iba a mucha velocidad y estaba borracho. La juerga había terminado mal. Al anochecer, Quique fue a sentarse en uno de los bancos del bulevar y vio cómo llegaba una camioneta con varios hombres. Se ocultó detrás de un árbol para observar. Los tipos  bajaron un  bulto y lo arrastraron hacia el lugar donde había estado el Lanzador. Quique no podía creer lo que estaba viendo, la escena era como  un sueño. La estatua estaba otra vez ahí, aunque la dejaron acostada y se fueron rápidamente.
La Municipalidad se encargó de reponerla en su lugar. Con una gran ceremonia se colocó una reja y una placa de bronce para celebrar el acontecimiento de la “valiosa recuperación que habían realizado nuestras fuerzas públicas en cumplimiento del deber”. Quique estaba furioso, estaba seguro de que los ladrones la habían devuelto, de que no era la policía ni los municipales quienes la recuperaron.
Un tiempo después,  pasó por el bar y se encontró con Pocho. Finalmente, éste le contó lo sucedido ese sábado después de que se fueron del club.
-Un grupo de muchachos le apostaron al Loco José que  eran capaces de robarse la estatua del Lanzador de manzanas, el Loco decía que esa estatua era suya, que no se animarían  y que no se podía despegar del piso. Los muchachos fueron y se la llevaron. Cuando le reclamaron la plata, el Loco no quiso pagar. En realidad ya no tenía un peso, parece que el viejo le estaba cortando los víveres. Discutieron bastante, los pibes se reían, pero lo presionaban, acostumbrados como estaban a sacarle plata fácilmente. Pero esta vez la cosa se puso pesada, el Loco no aflojaba. Chupó mucho y se fue nervioso porque iban a correr el rumor de que él se había robado la estatua, lo iban a desprestigiar. Y bueno, así fue que se mató esa madrugada. Los pibes se sintieron mal, se arrepintieron por la cagada que se habían mandado y devolvieron el Lanzador al bulevar.  

                  


                 Irene Villarino 

lunes, 5 de agosto de 2013

                    Hilado

en el dedal    la espuma del hilo y la lana

qué hilos     qué ovillos    hemos perdido

la  aguja    dibuja      la trama

entre   las manos
sólo  un botón
moneda  de tiempo  gastado

la aguja 
d
i
b
u
j
a
la trama

                                                           Irene L  Villarino
Oralidad

Había cierto mandato familiar en el tema de escribir, ser escritor, formar la realidad con palabras. Aunque en nuestra familia siempre las palabras fueron pocas, parcas. La Parca, miedo a su alusión, quizá por eso, escuetas palabras, lo no dicho más fuerte que lo dicho, lo escondido en los silencios. Los temores detenidos con gambetas de palabras, la versatilidad del gesto, la frase con doble sentido, juegos verbales, bromas, la palabra-arma, el verso y la rima fácil, la canción, todos atributos familiares.
La multitud de formas sonoras, onomatopeyas, imitaciones, vericuetos donde se tejía la historia familiar, cargados de huecos, de vacíos. Horror al vacío del silencio. Lo llenábamos con grandes comilonas.
La abuela, los tíos, las tías, los primos, todos con el sello del juego oral, palabras a medias, palabras inventadas, risas con a, con u, con o. Sólo tío Pedro usaba la i: su ji jiji era burlón, hiriente, desde un costado, mirando de soslayo, con el rostro hinchado y colorado después de largar el dardo verbal.
Nuestros discursos sabían de heridas y de mieles. Papá escribía  versos de amor a mamá novia. Versos inflamados, con  metáforas usadas, pero nuevas para él, poco leído. Con reminiscencias tangueras y flamencas, comparaciones gauchescas, “el clavel de tu boca”, “cuando tus ojos me miran/ se encienden las estrellas” y cosas por el estilo.
Mamá verseaba triste, íntimamente, como para ella, en un cuaderno finito que pronto se acababa. Y lo dejaba ahí, en la mesita de luz para que lo leyéramos y nos enteráramos. Ella sufría, no se sabía muy bien por qué. Porque este es “un valle de lágrimas”, porque “la Humanidad ultraja” y por cosas así.
El floreo verbal duró lo que el noviazgo y el primer año de casados. La queja verseada y rimada de mamá persistió, se agudizó con los años  y en su viudez se transformó en frases entrecortadas llenas de puntos suspensivos, como dejando cierto lugar a la esperanza. Los puntos suspensivos parecían oraciones para completar, como las que manda la maestra, solo  que el sentido era misterioso, y había que descubrir lo que ella quería decir.
Con los años ciertas palabras se fueron apagando, desaparecieron del vocabulario familiar. También desaparecieron algunos miembros de la familia. Cuando murió la abuela, nadie volvió a decir “mama”; cuando se fue el abuelo, nadie se atrevía a nombrar a los anarquistas, ni a los bomberos ni al cáncer que se lo llevó.  Aparecieron  huecos más grandes cuando murió papá: ciertos nombres de  ciudades que él frecuentaba  se omitían o eran dichos despacito, mirándose con temor, su propio nombre ya no se dijo. Era imposible decir “Ricardo” sin crear un hondo silencio sombrío, los parientes se miraban entre sí como cuando alguien dice una blasfemia o se nombra al tabú.  E inmediatamente cambiaban de tema, como si el hecho no hubiera existido y aparecía tío Juan con una anécdota que todos escuchaban sonrientes, entonces el equilibrio se restablecía y el mundo seguía andando.
Las comilonas eran frecuentes en mi familia, con cualquier excusa se organizaba una. Siempre en casa de la abuela.
A veces eran enormes asados que perduraban hasta la madrugada. En otras ocasiones la abuela hacía una gran raviolada. Las tías ayudaban marcando la masa con el cuadro de madera y pasaban la ruedita. La  masa y el relleno eran exclusividad de la abuela. Los hombres traían las damajuanas, la sidra, la soda. Mis primos y yo jugábamos en el patio, el jardín o explorábamos la terraza, llena de trastos abandonados a la intemperie.
Por costumbre se convidaba a los vecinos con un choricito, con un vaso de vino, con un plato de pastas. Además  de los múltiples cumpleaños debido a la abundancia de miembros, la excusa más próxima era una despedida. Se despedía al tío Pedro que se iba a la colimba, al tío Juan que viajaba a Chile, se festejaba la jubilación del abuelo, se despedía al amigo que iba y venía de San Luis varias veces  al año.
Cada fiesta daba ocasión a los discursos: tío Pedro o papá eran los más requeridos. Con el vaso en la mano se encendían los rostros con las palabras engalanadas, brillantes de adjetivos y deseos de fortuna y prosperidad.  El mensaje último era el anhelo escondido en todos los corazones y que los hacía palpitar con más fuerza: salir de pobres, ganar la grande, tener mucha plata para poder compartir con los parientes, los vecinos, seguir los festejos y  brindar con champán en cambio de sidra.

Irene Villarino
TAPIA

Tapia   tapiada   la vida
u u u u u u u  u
ambulancia  blanca
zumba    busca   delata 
      Amalia
pálida  entre sábanas 
decae    diabetes    anciana
tiembla    trema    torna
los ojos a la ventana

más  allá    en  el  jardín
Florencia   niña  glauca
se acurruca  en una hamaca
mira nubes   con alas    con patas
recorre con sus dedos
el borde  filoso  del  arpa
parpadea      suspira    levita
busca la pared alta
el jazmín  allí dormido
con  una piedrita  blanca
donde  esa tarde
Daniel Vecino
 el hijo del señalero
a  escondidas     
 velozmente
escribió  en letra menuda
y con un lápiz  
  te quiero                                      

 Irene Villarino
EL LIBRO

Estaba decidida a ir, pero daba vueltas y vueltas. Me levanté temprano, me bañé y salí. Al llegar a la esquina frené un poco, tal vez porque la cercanía me atemorizó. Toqué el timbre deseando que no hubiera nadie. Salió a abrirme una anciana, era una vecina que me explicó que Silvina no estaba, que había tenido que viajar a la Capital  por un asunto familiar. Respiré. Después de todo, esa ausencia me tranquilizaba.

Pasó una semana. No sabía si llamar primero o ir directamente. Repetí la rutina. Me bañé y salí. Al llegar a la esquina disminuí la marcha. Toqué el timbre sintiendo  palpitaciones. Esta vez no respondieron. Insistí. Pasados dos minutos la puerta se abrió de golpe y ahí estaba Silvina, con una venda en la nariz y “mi” pañuelo de seda sosteniendo  un yeso en su brazo izquierdo.
Seguro que antes de abrir sabía o intuía que era yo, me miró seria y como diciendo “quéhacésacá”.
-Hola. Vengo a traerte la plata que me prestaste.
-Bueno, dámela.
-Entiendo que estés enojada. Pero, bueno, espero que te cures bien…
-Claro, espero que me crezca otra nariz nueva, porque la mía ya no está más.  ¡Me tuvieron que injertar! -dijo con cierto sarcasmo y dolor.
Me quedé mirándola sin saber qué decir. No podía pedir perdón. A pesar de que lamentaba lo que había pasado y las consecuencias que había tenido, mi rencor hacia Silvina también era muy fuerte y en el fondo me parecía bien haberle roto la nariz y que se hubiera  quebrado el brazo. De todas maneras era yo la que debía soportar las declaraciones en la comisaría, el juzgado y tutti quanti. Aunque no iba a ir presa y ella no parecía estar dispuesta a seguir con el asunto, en el fondo yo sentía culpa. Pero la bronca era más fuerte. Esa mezcla de sensaciones que hacen que una no sepa cómo reaccionar, qué decir.
-Bueno, tomá.
Me di media vuelta y me fui. Sentí el golpe de la puerta.
Traté de caminar lentamente, como si de esa manera el corazón latiera más despacio.
Al llegar a casa, me tiré en el sillón y cerré los ojos.
Las imágenes de lo sucedido volvían y volvían. Silvina pidiéndome el libro de medicina  yo diciéndole que no lo tenía, jurando  que se lo había devuelto. Su enojo, su reproche. Veía la cara de  Sebastián feliz con el libro- ¡no podía creer que se lo hubiera regalado!- Silvina gritándome mentirosa, traidora, cobarde, fuera de sí. Mis brazos levantando  la silla, mi furia, el golpe,  su caída, la  sangre en su cara. Gritaba. Gritaba. Gritaba…

Bueno, veremos. Quizá después que se cure le pido perdón.


 ANCIANO

¡Qué lo parió! Otra vez se me cayó el vaso. Esta Mercedes siempre me lo pone en el borde de la mesa. Voy a tener que levantar los vidrios por las dudas, si no encima va a protestar. ¡Ay, ay, ay! Con lo que cuestan las cosas… ¡Mercedes! ¿No viste mis anteojos? Por acá deben estar… ah, sí, acá están. Primero voy a leer el diario, después voy a buscar la pala y la escoba. Bah, los vidrios rotos hay que envolverlos para que nadie se lastime, por las dudas. Estos políticos siempre igual, prometiendo, prometiendo, pero a los jubilados siempre nos joden. A ver, acá está. Salió el 38, qué macana. Mañana le digo a Dorita que le juegue otra vez al 45, a la cabeza y a los premios. Bueno, ninguna novedad. Otra vez cambiaron al técnico de Independiente, esos atorrantes… ya no se puede ni ir a la cancha ¡Haceme el favor! Pastoriza, Artime, Tarabini, Santoro, Bochini… esos eran jugadores! Ahora juegan solo por la guita, se van a Europa por la plata, no hay amor a la camiseta. ¿Quién va a sacar adelante al club así?
¡Si habremos jugado con los pibes en el potrero!  Ahora está todo edificado, lleno de departamentos, los chicos no pueden jugar a la pelota. Hay que pagar para todo…
Si no fuera porque me quedé charlando con el cartero ni me entero que se murió José. No me quieren decir cuando se muere un amigo del barrio. ¿Qué se piensan? ¿Qué soy un bebé, que me voy a poner a llorar? No quieren que me amargue, pero ya sé que a todos nos llega la Parca. Qué va a hacer… es la ley de la vida. Me parece que José tenía algunos añitos más que yo, pero siempre se sacaba el viejo, no quería aceptar los años. ¡Ja! Cuando murió Vicente fue otra cosa, estaba re bien, el médico le había dicho a la jermu que tenía marido para rato, y al poco tiempo,¡paf! Un ataque. ¿Habré tomado la pastilla para la presión hoy? No me acuerdo… me parece que sí. Será lo que será, pero de eso Mercedes se ocupa, nunca me  faltan los remedios. A ver este diario de porquería que otra cosa dice: “Inauguran Polo Científico” ¡Ja! Dejaron que se vayan todos a Norteamérica y ahora piensan que por un cartelito de mierda vamos a tener ciencia. En la época de Frondizi parecía que todo iba a ser moderno, muy científico, pero después los militares le vendieron todo a los yanquis. Nos imaginábamos en el 2000 viajando todos en cohete. Vicente no llegó al 2000 y Juancito tampoco, qué se va a hacer… Yo pasé el 2000 y el 2010, y acá estoy. Puta madre, ya tengo que ir a mear de nuevo. ¡Aj…! Esta rodilla jodida, me cuesta levantarme del sillón. A ver, este cierre de porquería, se me traba siempre. Pero… Uh, me mojé un poquito. ¡Mercedes! ¡Traeme un pantalón limpio, pero no con cierre! Uno con botones, de los míos de siempre.


                                                            Irene L. Villarino