viernes, 8 de junio de 2012

Esquina


Esquina
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El futuro llegó… hace rato” sonaban los Redondos en Musimundo. Malena llega a la esquina de Rodriguez Peña y Corrientes, busca algo  en el bolso. Mira alrededor, las esquinas, las veredas de la avenida. Mucha gente a esa hora.
Daniela camina por Corrientes hacia Callao, pasa al lado de Malena, casi la embiste. Mira. “¿Será ella? por los ojos pareciera, pero el pelo…” Sigue caminando, se detiene, finge mirar una vidriera y se vuelve para verificar sus sospechas.” No sé parece que es ella un poco más flaca, el pelo corto, podría ser…Qué justo encontrarla en este momento, ayer estaba pensando en Ignacio qué casualidad, pero…¿será o  no? si no voy y la encaro me voy a quedar con la duda y tal vez nunca más la encuentre si me vuelvo a Montevideo y me quedo con la intriga…”

Malena de espaldas,  semiinclinada sobre su cartera saca un atado de cigarrillos y un encendedor, levanta la cabeza. Frente a frente con Daniela que la observa. “Es ella ¿qué hace acá? justo ahora ¿qué hago? ¡qué desgracia! es la última  persona que quería encontrar hoy. Maldita Buenos Aires.”

“Sí, es Malena. Yo le pregunto, total ahora que Ignacio no está podría contarme la verdad  no va a ser tan jodida, entre mujeres…Después de todo, ya está, ya pasó. No me importa, el engaño ya fue, ahora ella podría decirme porque seguro que ella sabe algo, eran amigos, estaba ahí,  no puede dejarme así, aunque no fuera mi amiga, que sé yo, por solidaridad entre minas, a cualquiera le puede pasar, algo, algún indicio…quién era la otra”

“Qué tipa pesada, no se mueve. ¿qué quiere?  No importa, la ciudad es grande ¿qué me va a hacer? sigo de largo ¿y si me agarra y hace un escándalo? no contesto, no digo nada, que se muera…Ignacio me eligió y punto”.

No voy en tren… no tengo dónde ir…algo me late y no es mi corazón…

Daniela extiende una mano, entreabre los labios.
Malena gira, cruza corriendo la avenida y se pierde en la multitud.

                                                                             Irene L. Villarino

El hombre del saco negro


El hombre del saco negro  (Relato escrito a dos manos)

  El hombre del saco negro entró. Esquivó varias  mesas hasta alcanzar una vacía al lado de la ventana. Sen sentó sin quitarse el abrigo. Buscó al mozo con la mirada. El mozo lo ignoró durante unos minutos y se acercó contando los pasos, deteniéndose cuando aún faltaban dos mesas para llegar.
  El hombre del saco negro se pasaba la mano por el pelo lacio y largo que le caía sobre la frente, inclinaba la cabeza y luego la echaba hacia atrás. Repitió el gesto varias veces. Buscó nuevamente con su mirada al mozo. Este giró y se dirigió a otro cliente. El hombre del saco negro buscaba algo en sus bolsillos, extrajo un papel arrugado y comenzó a extenderlo con sus dedos, lo apoyó en la mesa y llevó de nuevo las manos a los bolsillos. Sacó una lapicera y trazó unas líneas sobre el papel, formando arabescos. Cuando por fin llegó el mozo, dijo sin mirarlo: - ¿Sabés lo que es esto? – No, señor.
-Pues este es mi testamento, entendés? Y vos, que no te animabas a atenderme, serás mi testigo. Porque vas a firmar mi testamento, porque voy a donar mi corazón y necesito un testigo que no me conozca, que no tenga ningún interés particular, que no trate de convencerme de nada, que no se involucre con ningún sentimiento de piedad ni de compadecimiento, que  vaya a la clínica donde voy a dejar mi corazón y presente este papel donde yo digo que entrego mi corazón para que otro pueda seguir viviendo. ¿Entendiste?
  El mozo se quedó parado con la bandeja vacía en la mano, con un gesto entre asombrado y curioso. –Sí, entendí perfectamente. ¿Cuándo cree señor que debemos ir a la clínica? Tal vez pueda esperar a que salga, mi horario termina a las siete, le aviso a mi mujer que llego más tarde y lo acompaño.
-Fabuloso! Sabía que no me podía fallar, al fin un hombre de verdad. Disculpá por haber dudado un momento de vos. Primero traeme un vodka, un vaso de agua y …no, mejor una botella de vino tinto. El vino no hace mal al corazón.
-Sí, señor, a sus órdenes. El mozo se dirigió al mostrador a pedir el vino al encargado. –Ves ese que está allá, el del saco negro, ese tipo es mi amigo, hacele una rebaja  en el precio. El encargado lo miró apenas y le contestó:- Está bien, pero te lo descuento de las propinas.
Cuando llegó el mozo a la mesa, el hombre del saco negro tenía la cabeza ladeada, una sonrisa y un hilito de baba colgaban de su boca. Sus manos rígidas sostenían el papel con garabatos. Su pesado cuerpo se deslizaba lentamente de la silla. Estaba muerto. –Pucha, no me esperó.


                                                                   Irene Villarino

Sobrevida


Sobrevida

Mientras observaba su nuca, pretendía adivinar su perfil superponiendo mis recuerdos a la difusa imagen del presente. Calculé mentalmente los años transcurridos y traté de imaginar los cambios posibles en su fisonomía. El pelo podía caer o encanecerse; la espalda vencerse, los ojos, sí los ojos, pero pierden brillo, se arrugan los párpados. Además, el sufrimiento. ¿Lo torturaron? ¿Logró zafar? Por qué, por qué no me acerqué… Las manos, tendría que haber mirado las manos. ¿Y? ¿Cómo se reconoce a alguien por las manos? Sí estoy seguro de que las habría reconocido. Un relámpago cruzó mi mente. ¡Sí eran sus manos grandes y huesudas! Cómo no me di cuenta en el momento…
Aunque  me parece que eran un poco más anchas…
Cuando bajé del colectivo quedé rígido en la vereda. Me ganó el vértigo y se confundieron el pasado y el presente. Un abismo se abrió frente a mí y sentí que caía, caía y caía en la oscuridad… Cuando abrí los ojos me rodeaban algunos desconocidos que intentaban auxiliarme. Miré a todos buscando su rostro y creí reconocerlo en cada uno.
Por fin, de a poco, se aclararon las figuras, recuperé el foco de mis sentidos y las lágrimas brotaron irreparables, hasta comprender que había perdido a Ángel nuevamente, tal vez para siempre.


                                                                                 Irene L. Villarino