Yo, madrastra
Hace siglos
que sufro en silencio. El destino me colocó en este sitio detestable, en el que
no hubiera querido estar. Pero fue por amor. Y por las contradicciones del
amor. No sé si debo pedir perdón por algo que provocó el destino. Tal vez.
Cuando me
enamoré del duque sabía que era viudo, al principio temí al fantasma de su
primera mujer, traté de conjurarlo para que no se interpusiera. No hizo falta.
Él ni siquiera la nombraba, no sentía pena ni nostalgia. Había sido un
casamiento arreglado, según la costumbre.
Pero lo nuestro fue diferente, desde
que lo vi supe que no podría detenerme hasta que me hiciera su esposa. Sus ojos
brillantes e inteligentes eran el sol para mí. No pude negarme a sus brazos la
primera vez que estuvimos solos y me arriesgué, sí, me arriesgué a su repudio.
No fue así. Ël también cayó en mis brazos
y ya no pudimos separarnos. Nos casamos. La felicidad era inmensa y
parecía que nada ni nadie la empañaría. Hasta que Blancanieves comenzó a
crecer. Y se convirtió en esa jovencita tan atractiva que nadie dejaba de mirar
y desear. El duque mismo empezó a elogiarla y admirarse por su gran belleza. No
podía soportarlo. Sospeché cierta mirada lasciva en él. ¡Hacia su propia hija!
Cuando ella estaba presente no tenía más ojos que para ella, le hablaba con
dulzura, le acariciaba el pelo. ¡Qué horror!
Cuando me
miré al espejo comprendí que mi rostro ya no era el de la jovencita que quince
años atrás se había enamorado del duque. Llamé a las mejores damas que usaban ungüentos
y afeites para mejorar mi aspecto. Llamé al hechicero más viejo del reino para
que conjurara al tiempo y detuviera mis pequeñas arrugas. Ni siquiera él pudo
hacer nada. El tiempo pasaba y así como yo envejecía, Blancanieves florecía y
se hacía más bella. Yo sabía que para
ella también pasaría el tiempo, que su belleza declinaría, pero esto era el
presente, la inminencia. Temí perder el amor y el deseo del duque. Ningún joven
se animaba a pedir la mano de Blancanieves y llevársela lejos, puesto que
temían al duque que tanto la amaba. Parecía un tesoro inalcanzable. Sentí que
ella no se iría si yo no hacía algo para que desapareciera de nuestras vidas.
Solo la muerte pondría fin a mis sufrimientos. El duque se consolaría y
volvería a mis brazos.
Lo que pasó
después ya lo saben. El destino se interpuso entre mis planes y ella volvió.
El destino
me puso en este lugar detestable de ser una perdedora, una fracasada.
Irene
Villarino
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