viernes, 8 de junio de 2012

Sobrevida


Sobrevida

Mientras observaba su nuca, pretendía adivinar su perfil superponiendo mis recuerdos a la difusa imagen del presente. Calculé mentalmente los años transcurridos y traté de imaginar los cambios posibles en su fisonomía. El pelo podía caer o encanecerse; la espalda vencerse, los ojos, sí los ojos, pero pierden brillo, se arrugan los párpados. Además, el sufrimiento. ¿Lo torturaron? ¿Logró zafar? Por qué, por qué no me acerqué… Las manos, tendría que haber mirado las manos. ¿Y? ¿Cómo se reconoce a alguien por las manos? Sí estoy seguro de que las habría reconocido. Un relámpago cruzó mi mente. ¡Sí eran sus manos grandes y huesudas! Cómo no me di cuenta en el momento…
Aunque  me parece que eran un poco más anchas…
Cuando bajé del colectivo quedé rígido en la vereda. Me ganó el vértigo y se confundieron el pasado y el presente. Un abismo se abrió frente a mí y sentí que caía, caía y caía en la oscuridad… Cuando abrí los ojos me rodeaban algunos desconocidos que intentaban auxiliarme. Miré a todos buscando su rostro y creí reconocerlo en cada uno.
Por fin, de a poco, se aclararon las figuras, recuperé el foco de mis sentidos y las lágrimas brotaron irreparables, hasta comprender que había perdido a Ángel nuevamente, tal vez para siempre.


                                                                                 Irene L. Villarino

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