Sobrevida
Mientras observaba su nuca, pretendía adivinar su perfil superponiendo
mis recuerdos a la difusa imagen del presente. Calculé mentalmente los años
transcurridos y traté de imaginar los cambios posibles en su fisonomía. El pelo
podía caer o encanecerse; la espalda vencerse, los ojos, sí los ojos, pero
pierden brillo, se arrugan los párpados. Además, el sufrimiento. ¿Lo
torturaron? ¿Logró zafar? Por qué, por qué no me acerqué… Las manos, tendría
que haber mirado las manos. ¿Y? ¿Cómo se reconoce a alguien por las manos? Sí
estoy seguro de que las habría reconocido. Un relámpago cruzó mi mente. ¡Sí
eran sus manos grandes y huesudas! Cómo no me di cuenta en el momento…
Aunque me parece que eran un poco
más anchas…
Cuando bajé del colectivo quedé rígido en la vereda. Me ganó el vértigo
y se confundieron el pasado y el presente. Un abismo se abrió frente a mí y
sentí que caía, caía y caía en la oscuridad… Cuando abrí los ojos me rodeaban
algunos desconocidos que intentaban auxiliarme. Miré a todos buscando su rostro
y creí reconocerlo en cada uno.
Por fin, de a poco, se aclararon las figuras, recuperé el foco de mis
sentidos y las lágrimas brotaron irreparables, hasta comprender que había
perdido a Ángel nuevamente, tal vez para siempre.
Irene
L. Villarino
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