El hombre del saco negro (Relato
escrito a dos manos)
El hombre del saco negro entró. Esquivó varias mesas hasta alcanzar una vacía al lado de la
ventana. Sen sentó sin quitarse el abrigo. Buscó al mozo con la mirada. El mozo
lo ignoró durante unos minutos y se acercó contando los pasos, deteniéndose
cuando aún faltaban dos mesas para llegar.
El hombre del saco
negro se pasaba la mano por el pelo lacio y largo que le caía sobre la frente,
inclinaba la cabeza y luego la echaba hacia atrás. Repitió el gesto varias
veces. Buscó nuevamente con su mirada al mozo. Este giró y se dirigió a otro
cliente. El hombre del saco negro buscaba algo en sus bolsillos, extrajo un
papel arrugado y comenzó a extenderlo con sus dedos, lo apoyó en la mesa y
llevó de nuevo las manos a los bolsillos. Sacó una lapicera y trazó unas líneas
sobre el papel, formando arabescos. Cuando por fin llegó el mozo, dijo sin
mirarlo: - ¿Sabés lo que es esto? – No, señor.
-Pues este es mi testamento, entendés? Y vos, que no te
animabas a atenderme, serás mi testigo. Porque vas a firmar mi testamento,
porque voy a donar mi corazón y necesito un testigo que no me conozca, que no
tenga ningún interés particular, que no trate de convencerme de nada, que no se
involucre con ningún sentimiento de piedad ni de compadecimiento, que vaya a la clínica donde voy a dejar mi corazón
y presente este papel donde yo digo que entrego mi corazón para que otro pueda
seguir viviendo. ¿Entendiste?
El mozo se quedó
parado con la bandeja vacía en la mano, con un gesto entre asombrado y curioso.
–Sí, entendí perfectamente. ¿Cuándo cree señor que debemos ir a la clínica? Tal
vez pueda esperar a que salga, mi horario termina a las siete, le aviso a mi
mujer que llego más tarde y lo acompaño.
-Fabuloso! Sabía que no me podía
fallar, al fin un hombre de verdad. Disculpá por haber dudado un momento de
vos. Primero traeme un vodka, un vaso de agua y …no, mejor una botella de vino
tinto. El vino no hace mal al corazón.
-Sí, señor, a sus órdenes. El
mozo se dirigió al mostrador a pedir el vino al encargado. –Ves ese que está
allá, el del saco negro, ese tipo es mi amigo, hacele una rebaja en el precio. El encargado lo miró apenas y
le contestó:- Está bien, pero te lo descuento de las propinas.
Cuando llegó el mozo a la mesa,
el hombre del saco negro tenía la cabeza ladeada, una sonrisa y un hilito de
baba colgaban de su boca. Sus manos rígidas sostenían el papel con garabatos.
Su pesado cuerpo se deslizaba lentamente de la silla. Estaba muerto. –Pucha, no
me esperó.
Irene Villarino
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