viernes, 8 de junio de 2012

El hombre del saco negro


El hombre del saco negro  (Relato escrito a dos manos)

  El hombre del saco negro entró. Esquivó varias  mesas hasta alcanzar una vacía al lado de la ventana. Sen sentó sin quitarse el abrigo. Buscó al mozo con la mirada. El mozo lo ignoró durante unos minutos y se acercó contando los pasos, deteniéndose cuando aún faltaban dos mesas para llegar.
  El hombre del saco negro se pasaba la mano por el pelo lacio y largo que le caía sobre la frente, inclinaba la cabeza y luego la echaba hacia atrás. Repitió el gesto varias veces. Buscó nuevamente con su mirada al mozo. Este giró y se dirigió a otro cliente. El hombre del saco negro buscaba algo en sus bolsillos, extrajo un papel arrugado y comenzó a extenderlo con sus dedos, lo apoyó en la mesa y llevó de nuevo las manos a los bolsillos. Sacó una lapicera y trazó unas líneas sobre el papel, formando arabescos. Cuando por fin llegó el mozo, dijo sin mirarlo: - ¿Sabés lo que es esto? – No, señor.
-Pues este es mi testamento, entendés? Y vos, que no te animabas a atenderme, serás mi testigo. Porque vas a firmar mi testamento, porque voy a donar mi corazón y necesito un testigo que no me conozca, que no tenga ningún interés particular, que no trate de convencerme de nada, que no se involucre con ningún sentimiento de piedad ni de compadecimiento, que  vaya a la clínica donde voy a dejar mi corazón y presente este papel donde yo digo que entrego mi corazón para que otro pueda seguir viviendo. ¿Entendiste?
  El mozo se quedó parado con la bandeja vacía en la mano, con un gesto entre asombrado y curioso. –Sí, entendí perfectamente. ¿Cuándo cree señor que debemos ir a la clínica? Tal vez pueda esperar a que salga, mi horario termina a las siete, le aviso a mi mujer que llego más tarde y lo acompaño.
-Fabuloso! Sabía que no me podía fallar, al fin un hombre de verdad. Disculpá por haber dudado un momento de vos. Primero traeme un vodka, un vaso de agua y …no, mejor una botella de vino tinto. El vino no hace mal al corazón.
-Sí, señor, a sus órdenes. El mozo se dirigió al mostrador a pedir el vino al encargado. –Ves ese que está allá, el del saco negro, ese tipo es mi amigo, hacele una rebaja  en el precio. El encargado lo miró apenas y le contestó:- Está bien, pero te lo descuento de las propinas.
Cuando llegó el mozo a la mesa, el hombre del saco negro tenía la cabeza ladeada, una sonrisa y un hilito de baba colgaban de su boca. Sus manos rígidas sostenían el papel con garabatos. Su pesado cuerpo se deslizaba lentamente de la silla. Estaba muerto. –Pucha, no me esperó.


                                                                   Irene Villarino

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