Oralidad
Había cierto mandato familiar
en el tema de escribir, ser escritor, formar la realidad con palabras. Aunque
en nuestra familia siempre las palabras fueron pocas, parcas. La Parca, miedo a
su alusión, quizá por eso, escuetas palabras, lo no dicho más fuerte que lo
dicho, lo escondido en los silencios. Los temores detenidos con gambetas de
palabras, la versatilidad del gesto, la frase con doble sentido, juegos
verbales, bromas, la palabra-arma, el verso y la rima fácil, la canción, todos
atributos familiares.
La multitud de formas sonoras,
onomatopeyas, imitaciones, vericuetos donde se tejía la historia familiar,
cargados de huecos, de vacíos. Horror al vacío del silencio. Lo llenábamos con
grandes comilonas.
La abuela, los tíos, las tías,
los primos, todos con el sello del juego oral, palabras a medias, palabras
inventadas, risas con a, con u, con o. Sólo tío Pedro usaba la i: su ji jiji
era burlón, hiriente, desde un costado, mirando de soslayo, con el rostro
hinchado y colorado después de largar el dardo verbal.
Nuestros discursos sabían de
heridas y de mieles. Papá escribía versos de amor a mamá novia. Versos
inflamados, con metáforas usadas, pero
nuevas para él, poco leído. Con reminiscencias tangueras y flamencas,
comparaciones gauchescas, “el clavel de tu boca”, “cuando tus ojos me miran/ se
encienden las estrellas” y cosas por el estilo.
Mamá verseaba triste,
íntimamente, como para ella, en un cuaderno finito que pronto se acababa. Y lo
dejaba ahí, en la mesita de luz para que lo leyéramos y nos enteráramos. Ella
sufría, no se sabía muy bien por qué. Porque este es “un valle de lágrimas”,
porque “la Humanidad ultraja” y por cosas así.
El floreo verbal duró lo que el
noviazgo y el primer año de casados. La queja verseada y rimada de mamá persistió,
se agudizó con los años y en su viudez
se transformó en frases entrecortadas llenas de puntos suspensivos, como
dejando cierto lugar a la esperanza. Los puntos suspensivos parecían oraciones
para completar, como las que manda la maestra, solo que el sentido era misterioso, y había que
descubrir lo que ella quería decir.
Con los años ciertas palabras
se fueron apagando, desaparecieron del vocabulario familiar. También
desaparecieron algunos miembros de la familia. Cuando murió la abuela, nadie
volvió a decir “mama”; cuando se fue el abuelo, nadie se atrevía a nombrar a
los anarquistas, ni a los bomberos ni al cáncer que se lo llevó. Aparecieron
huecos más grandes cuando murió papá: ciertos nombres de ciudades que él frecuentaba se omitían o eran dichos despacito, mirándose
con temor, su propio nombre ya no se dijo. Era imposible decir “Ricardo” sin
crear un hondo silencio sombrío, los parientes se miraban entre sí como cuando
alguien dice una blasfemia o se nombra al tabú.
E inmediatamente cambiaban de tema, como si el hecho no hubiera existido
y aparecía tío Juan con una anécdota que todos escuchaban sonrientes, entonces
el equilibrio se restablecía y el mundo seguía andando.
Las comilonas eran frecuentes
en mi familia, con cualquier excusa se organizaba una. Siempre en casa de la
abuela.
A veces eran enormes asados que
perduraban hasta la madrugada. En otras ocasiones la abuela hacía una gran
raviolada. Las tías ayudaban marcando la masa con el cuadro de madera y pasaban
la ruedita. La masa y el relleno eran
exclusividad de la abuela. Los hombres traían las damajuanas, la sidra, la
soda. Mis primos y yo jugábamos en el patio, el jardín o explorábamos la
terraza, llena de trastos abandonados a la intemperie.
Por costumbre se convidaba a
los vecinos con un choricito, con un vaso de vino, con un plato de pastas.
Además de los múltiples cumpleaños
debido a la abundancia de miembros, la excusa más próxima era una despedida. Se
despedía al tío Pedro que se iba a la colimba, al tío Juan que viajaba a Chile,
se festejaba la jubilación del abuelo, se despedía al amigo que iba y venía de
San Luis varias veces al año.
Cada fiesta daba ocasión a los
discursos: tío Pedro o papá eran los más requeridos. Con el vaso en la mano se
encendían los rostros con las palabras engalanadas, brillantes de adjetivos y
deseos de fortuna y prosperidad. El
mensaje último era el anhelo escondido en todos los corazones y que los hacía
palpitar con más fuerza: salir de pobres, ganar la grande, tener mucha plata
para poder compartir con los parientes, los vecinos, seguir los festejos y brindar con champán en cambio de sidra.
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