lunes, 5 de agosto de 2013

EL LIBRO

Estaba decidida a ir, pero daba vueltas y vueltas. Me levanté temprano, me bañé y salí. Al llegar a la esquina frené un poco, tal vez porque la cercanía me atemorizó. Toqué el timbre deseando que no hubiera nadie. Salió a abrirme una anciana, era una vecina que me explicó que Silvina no estaba, que había tenido que viajar a la Capital  por un asunto familiar. Respiré. Después de todo, esa ausencia me tranquilizaba.

Pasó una semana. No sabía si llamar primero o ir directamente. Repetí la rutina. Me bañé y salí. Al llegar a la esquina disminuí la marcha. Toqué el timbre sintiendo  palpitaciones. Esta vez no respondieron. Insistí. Pasados dos minutos la puerta se abrió de golpe y ahí estaba Silvina, con una venda en la nariz y “mi” pañuelo de seda sosteniendo  un yeso en su brazo izquierdo.
Seguro que antes de abrir sabía o intuía que era yo, me miró seria y como diciendo “quéhacésacá”.
-Hola. Vengo a traerte la plata que me prestaste.
-Bueno, dámela.
-Entiendo que estés enojada. Pero, bueno, espero que te cures bien…
-Claro, espero que me crezca otra nariz nueva, porque la mía ya no está más.  ¡Me tuvieron que injertar! -dijo con cierto sarcasmo y dolor.
Me quedé mirándola sin saber qué decir. No podía pedir perdón. A pesar de que lamentaba lo que había pasado y las consecuencias que había tenido, mi rencor hacia Silvina también era muy fuerte y en el fondo me parecía bien haberle roto la nariz y que se hubiera  quebrado el brazo. De todas maneras era yo la que debía soportar las declaraciones en la comisaría, el juzgado y tutti quanti. Aunque no iba a ir presa y ella no parecía estar dispuesta a seguir con el asunto, en el fondo yo sentía culpa. Pero la bronca era más fuerte. Esa mezcla de sensaciones que hacen que una no sepa cómo reaccionar, qué decir.
-Bueno, tomá.
Me di media vuelta y me fui. Sentí el golpe de la puerta.
Traté de caminar lentamente, como si de esa manera el corazón latiera más despacio.
Al llegar a casa, me tiré en el sillón y cerré los ojos.
Las imágenes de lo sucedido volvían y volvían. Silvina pidiéndome el libro de medicina  yo diciéndole que no lo tenía, jurando  que se lo había devuelto. Su enojo, su reproche. Veía la cara de  Sebastián feliz con el libro- ¡no podía creer que se lo hubiera regalado!- Silvina gritándome mentirosa, traidora, cobarde, fuera de sí. Mis brazos levantando  la silla, mi furia, el golpe,  su caída, la  sangre en su cara. Gritaba. Gritaba. Gritaba…

Bueno, veremos. Quizá después que se cure le pido perdón.


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