EL
LIBRO
Estaba
decidida a ir, pero daba vueltas y vueltas. Me levanté temprano, me bañé y
salí. Al llegar a la esquina frené un poco, tal vez porque la cercanía me
atemorizó. Toqué el timbre deseando que no hubiera nadie. Salió a abrirme una
anciana, era una vecina que me explicó que Silvina no estaba, que había tenido
que viajar a la Capital
por un asunto familiar. Respiré. Después
de todo, esa ausencia me tranquilizaba.
Pasó
una semana. No sabía si llamar primero o ir directamente. Repetí la rutina. Me
bañé y salí. Al llegar a la esquina disminuí la marcha. Toqué el timbre sintiendo
palpitaciones. Esta vez no respondieron.
Insistí. Pasados dos minutos la puerta se abrió de golpe y ahí estaba Silvina,
con una venda en la nariz y “mi” pañuelo de seda sosteniendo un yeso en su brazo izquierdo.
Seguro
que antes de abrir sabía o intuía que era yo, me miró seria y como diciendo
“quéhacésacá”.
-Hola.
Vengo a traerte la plata que me prestaste.
-Bueno,
dámela.
-Entiendo
que estés enojada. Pero, bueno, espero que te cures bien…
-Claro,
espero que me crezca otra nariz nueva, porque la mía ya no está más. ¡Me tuvieron que injertar! -dijo con cierto
sarcasmo y dolor.
Me
quedé mirándola sin saber qué decir. No podía pedir perdón. A pesar de que
lamentaba lo que había pasado y las consecuencias que había tenido, mi rencor
hacia Silvina también era muy fuerte y en el fondo me parecía bien haberle roto
la nariz y que se hubiera quebrado el
brazo. De todas maneras era yo la que debía soportar las declaraciones en la
comisaría, el juzgado y tutti quanti. Aunque no iba a ir presa y ella no parecía
estar dispuesta a seguir con el asunto, en el fondo yo sentía culpa. Pero la
bronca era más fuerte. Esa mezcla de sensaciones que hacen que una no sepa cómo
reaccionar, qué decir.
-Bueno,
tomá.
Me di
media vuelta y me fui. Sentí el golpe de la puerta.
Traté
de caminar lentamente, como si de esa manera el corazón latiera más despacio.
Al
llegar a casa, me tiré en el sillón y cerré los ojos.
Las imágenes de lo sucedido volvían y
volvían. Silvina pidiéndome el libro de medicina yo diciéndole que no lo tenía, jurando que se lo había devuelto. Su enojo, su
reproche. Veía la cara de Sebastián
feliz con el libro- ¡no podía creer que se lo hubiera regalado!- Silvina
gritándome mentirosa, traidora, cobarde, fuera de sí. Mis brazos levantando la silla, mi furia, el golpe, su caída, la sangre en su cara. Gritaba. Gritaba. Gritaba…
Bueno,
veremos. Quizá después que se cure le pido perdón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario