jueves, 6 de noviembre de 2014


 

Escribir desde….
 La papelera  ya está llena. Las  hojas arrugadas. Tal vez si empujara con el pie entrarían más. No sé, qué desperdicio de papel. Pero parece que todavía no sale nada. Empezar con “Ella creyó que era el hombre de su vida cuando lo conoció”… No, no puedo empezar así, ella no creyó nada. “Cuando lo conoció…”, no puedo empezar con una subordinada temporal, tiene que ser la oración principal. “Ella miró con admiración a ese hombre”… No era exactamente admiración, tal vez impresión, ¿impresión de qué? Entusiasmo, no, tampoco era entusiasmo. Era algo así como algo que llama la atención porque brilla, o es diferente, inusitado.
“Ella miró con atención al hombre”,  ahí tal vez esté un poco mejor. “Él ni siquiera la miró, pero ella sintió la incipiente intuición de que en un futuro no muy lejano, se conocerían mejor”.
¿Qué es esto? ¿Dónde me lleva? A una historia de amor predestinado, el viejo truco de la intuición femenina. No, es un enredo.
 “El tipo estaba ahí, ella lo miró”. Es un poco brutal, pero veremos qué sale. “El giró la cabeza y reparó en ella, tal vez sintió la mirada fija en su …” ¿Dónde podría ella fijar su mirada? Si es en la nuca quiere decir que no le vio la cara, no sirve. Si es en la propia cara, es muy  fuerte, es raro que una mujer se quede mirando fijamente, salvo que sea una novela  de terror, o de misterio. “Mientras ella lo miraba de reojo, él giró la cabeza y la vio. Tal vez un poco sorprendido. Cuando terminó de hablar con la vendedora, se acercó y la saludó:    -¿Nos conocemos? Ella se ruborizó un poco, se puso nerviosa y negó con la cabeza…”
No, no. Me parece que estoy creando un personaje de otra época, muy novelesco en el peor sentido de la palabra. Si quiero avanzar, ella lo mira y él la mira, listo. Otro día se tienen que encontrar y se vuelven a mirar. Es así, cuando dos personas se gustan, algo aparece a través de los ojos e intuitivamente se buscan. Ella va a volver al mismo lugar, porque sabe que puede encontrarlo. Y él, también. Lo que pase después dependerá de cuánta energía se genere en esos encuentros, que parecen fortuitos y son en realidad búsquedas desesperadas del otro. Aunque en un principio esa desesperación no debe notarse, sino que aparezca gradualmente, de manera que el lector lo vaya descubriendo y tal vez identificándose con ellos. Y lo que suceda entre ellos ya no será mi voluntad, se sabe, los personajes suelen buscar su independencia. Falta que le ponga un nombre a cada uno para que tomen forma y vida propia. Ella puede llamarse  Analía  y tendrá ojos oscuros. Él se llama Álvaro, es un poco desgarbado, usa anteojos, pero es muy sensual. Ambos portan una tristeza antigua, que marca sus gestos.
 No sé por qué los dos tienen nombres con A. Quizá por esto de los comienzos. ¿Serán adánicos? No, qué cosas se me ocurren, horror. Mejor que sean hedónicos. Una vez que se conozcan ya no podrán estar solos, y van a crear muchos conflictos en la gente que los conoce. Otro día sigo, estoy segura de que cuando vuelva a la máquina, ellos me dirán qué están haciendo.
Irene

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