Escribir desde….
La papelera ya está llena. Las hojas arrugadas. Tal vez si empujara con el
pie entrarían más. No sé, qué desperdicio de papel. Pero parece que todavía no
sale nada. Empezar con “Ella creyó que era el hombre de su vida cuando lo
conoció”… No, no puedo empezar así, ella no creyó nada. “Cuando lo conoció…”,
no puedo empezar con una subordinada temporal, tiene que ser la oración
principal. “Ella miró con admiración a ese hombre”… No era exactamente
admiración, tal vez impresión, ¿impresión de qué? Entusiasmo, no, tampoco era
entusiasmo. Era algo así como algo que llama la atención porque brilla, o es
diferente, inusitado.
“Ella miró con atención al hombre”,
ahí tal vez esté un poco mejor. “Él ni siquiera la miró, pero ella
sintió la incipiente intuición de que en un futuro no muy lejano, se conocerían
mejor”.
¿Qué es esto? ¿Dónde me lleva? A una historia de
amor predestinado, el viejo truco de la intuición femenina. No, es un enredo.
“El tipo estaba ahí, ella lo
miró”. Es un poco brutal, pero veremos qué sale. “El giró la cabeza y reparó en
ella, tal vez sintió la mirada fija en su …” ¿Dónde podría ella fijar su
mirada? Si es en la nuca quiere decir que no le vio la cara, no sirve. Si es en
la propia cara, es muy fuerte, es raro
que una mujer se quede mirando fijamente, salvo que sea una novela de terror, o de misterio. “Mientras ella lo
miraba de reojo, él giró la cabeza y la vio. Tal vez un poco sorprendido.
Cuando terminó de hablar con la vendedora, se acercó y la saludó: -¿Nos conocemos? Ella se ruborizó un poco,
se puso nerviosa y negó con la cabeza…”
No, no. Me parece que estoy creando un personaje de otra época, muy
novelesco en el peor sentido de la palabra. Si quiero avanzar, ella lo mira y
él la mira, listo. Otro día se tienen que encontrar y se vuelven a mirar. Es
así, cuando dos personas se gustan, algo aparece a través de los ojos e
intuitivamente se buscan. Ella va a volver al mismo lugar, porque sabe que
puede encontrarlo. Y él, también. Lo que pase después dependerá de cuánta energía
se genere en esos encuentros, que parecen fortuitos y son en realidad búsquedas
desesperadas del otro. Aunque en un principio esa desesperación no debe
notarse, sino que aparezca gradualmente, de manera que el lector lo vaya
descubriendo y tal vez identificándose con ellos. Y lo que suceda entre ellos
ya no será mi voluntad, se sabe, los personajes suelen buscar su independencia.
Falta que le ponga un nombre a cada uno para que tomen forma y vida propia.
Ella puede llamarse Analía y tendrá ojos oscuros. Él se llama Álvaro, es
un poco desgarbado, usa anteojos, pero es muy sensual. Ambos portan una
tristeza antigua, que marca sus gestos.
No sé por qué los dos tienen
nombres con A. Quizá por esto de los comienzos. ¿Serán adánicos? No, qué cosas
se me ocurren, horror. Mejor que sean hedónicos. Una vez que se conozcan ya no
podrán estar solos, y van a crear muchos conflictos en la gente que los conoce.
Otro día sigo, estoy segura de que cuando vuelva a la máquina, ellos me dirán
qué están haciendo.
Irene
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