FUGAS
Cada noche
ella escuchaba cómo él se levantaba silenciosamente, creyéndola dormida, y
salía, para volver a las cuatro horas, exactamente.
La primera
vez se despertó con el chirrido apenas perceptible de la puerta, tanteó la cama
y comprendió que él había salido. Lo esperó sin encender la luz, sintiendo los
latidos en su pecho. Cuando él volvió, se hizo la dormida. Comprendió que no
debía decir nada. A la noche siguiente se acostaron, ella sostuvo una
respiración rítmica para simular el sueño y escuchó cómo él volvía a
levantarse, se vestía y salía. Cada vez regresaba a las cuatro horas exactas.
Una noche
se asomó al balcón y lo vio, tapado con
la capa amarilla que usaba los días de lluvia, cuando hacía entregas en su
moto. Lo reconoció por la forma de caminar y llegó a entrever su mano velluda
sosteniendo la capa.
Cada noche
ella escuchaba cómo él se levantaba y salía, para regresar a las cuatro horas,
exactamente.
Entonces
decidió que debía huir. Comenzó a planear su fuga, detalle por detalle. No era
algo que ella hubiera esperado, por el contrario, había soñado estar con él
para toda la vida. Se conocían desde chicos, prácticamente se habían criado
juntos y así, naturalmente, se habían enamorado y se habían venido los dos a la ciudad. Una vez había escuchado algunos
comentarios en su pueblo, pero en ese momento no alcanzó a comprender, o no
quiso. Alguien había sugerido algo, habría antecedentes, rumores.
Fue muy
feliz con él. Hablaban todo, compartían cada momento de sus vidas.
Se preguntó
a sí misma por qué había fingido dormir. No sabía muy bien. O tal vez sí,
sabía. En algún rincón de su mente se encendió un alerta, intuitivamente sintió
que debía actuar de esa manera. ¿Instinto de supervivencia?
Durante la
semana ensayó la huida. Ensayó guardar sus ropitas en un bolso, y tomaba el
tiempo que tardaría en el acarreo hasta el ascensor. La oportunidad llegó
cuando él le anunció que ese fin de semana viajaría a Junín, además de visitar
a su madre cerraría un negocio pendiente. Por supuesto él no sospechaba sus
intenciones de fuga, pero a ella le estaba costando mirarlo a los ojos. También
puso excusas para las caricias, aunque él no insistió demasiado.
Ese sábado
preparó sus cosas, pocas en realidad. Su ropa, su guitarra, algunos libros.
Llamó un
taxi y salió. Pararía por unos días en un hotel, hasta saber qué rumbo tomar.
Si todo hubiera seguido igual, no se habría alarmado, pero las últimas noches
notó que él regresaba un poco antes de pasadas cuatro horas y eso le dio la
pauta del peligro.
No fuera
cosa, que él se olvidara quién era ella y volviera antes de recuperar su forma
humana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario