jueves, 23 de octubre de 2014



             


FUGAS

Cada noche ella escuchaba cómo él se levantaba silenciosamente, creyéndola dormida, y salía, para volver a las cuatro horas, exactamente.
La primera vez se despertó con el chirrido apenas perceptible de la puerta, tanteó la cama y comprendió que él había salido. Lo esperó sin encender la luz, sintiendo los latidos en su pecho. Cuando él volvió, se hizo la dormida. Comprendió que no debía decir nada. A la noche siguiente se acostaron, ella sostuvo una respiración rítmica para simular el sueño y escuchó cómo él volvía a levantarse, se vestía y salía. Cada vez regresaba a las cuatro horas exactas.
Una noche se asomó al balcón y lo  vio, tapado con la capa amarilla que usaba los días de lluvia, cuando hacía entregas en su moto. Lo reconoció por la forma de caminar y llegó a entrever su mano velluda sosteniendo la capa.
Cada noche ella escuchaba cómo él se levantaba y salía, para regresar a las cuatro horas, exactamente.
Entonces decidió que debía huir. Comenzó a planear su fuga, detalle por detalle. No era algo que ella hubiera esperado, por el contrario, había soñado estar con él para toda la vida. Se conocían desde chicos, prácticamente se habían criado juntos y así, naturalmente, se habían enamorado y se habían venido los dos  a la ciudad. Una vez había escuchado algunos comentarios en su pueblo, pero en ese momento no alcanzó a comprender, o no quiso. Alguien había sugerido algo, habría antecedentes, rumores.
Fue muy feliz con él. Hablaban todo, compartían cada momento de sus vidas.
Se preguntó a sí misma por qué había fingido dormir. No sabía muy bien. O tal vez sí, sabía. En algún rincón de su mente se encendió un alerta, intuitivamente sintió que debía actuar de esa manera. ¿Instinto de supervivencia?
Durante la semana ensayó la huida. Ensayó guardar sus ropitas en un bolso, y tomaba el tiempo que tardaría en el acarreo hasta el ascensor. La oportunidad llegó cuando él le anunció que ese fin de semana viajaría a Junín, además de visitar a su madre cerraría un negocio pendiente. Por supuesto él no sospechaba sus intenciones de fuga, pero a ella le estaba costando mirarlo a los ojos. También puso excusas para las caricias, aunque él no insistió demasiado.
Ese sábado preparó sus cosas, pocas en realidad. Su ropa, su guitarra, algunos libros.
Llamó un taxi y salió. Pararía por unos días en un hotel, hasta saber qué rumbo tomar. Si todo hubiera seguido igual, no se habría alarmado, pero las últimas noches notó que él regresaba un poco antes de pasadas cuatro horas y eso le dio la pauta del  peligro.
No fuera cosa, que él se olvidara quién era ella y volviera antes de recuperar su forma humana.

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