Ahora lo rompería en pedacitos chiquititos,
chiquititos. El papel escrito. Casi amarillento. Descubierto en esa caja que ella guardaba en el roperito. Y metería
los pedacitos en una bolsa negra para que no se vieran y la llevaría a la
basura de la calle directamente, para que nadie revuelva, por si acaso.
Un rato antes Andrés había abierto un sobre
viejo y sepia escrito con tinta de tintero y letra inglesa: “Señor Jorge Confalonieri”. Era una carta
fechada en Ramos Mejía 24 de noviembre de 1952, “Querido
Jorge”… El texto era amoroso y a la vez misterioso, con frases entrecortadas,
dirigidas a alguien que entiende más allá de las palabras. La firma “María de
los Ángeles”, era sin duda de su madre, con una letra llena de rulos típicos de
una adolescente.
Un rato antes, Andrés revisaba la caja que su
madre había guardado con tanto recelo durante años. En realidad suponía que allí tal vez
habría alguna referencia al lugar donde se hallaba la escritura de la
casa quinta de sus abuelos.
Un momento antes de eso, había discutido con su hermano
acerca de la famosa escritura.
Ahora, el
papel estaba en su mano, temblando, con una voz interna que no paraba de leer y
releer, le parecía escuchar la voz de su madre, como en secreto.
Secreto
Secreto
Secreto
Secreto.
Los secretos
brotaban del papel amarillento y le martillaban la frente. Creía haber escuchado alguna vez ese nombre “Jorge Confalonieri”, ridículo
nombre, italiano, ajeno, orgulloso.
Puaj.
¿Había sido
su amante? ¿O solo eran delirios? No imaginaba a su madre con un amante. Tal
vez, antes de conocer a su padre. ¿Cuándo se habían casado? Una agitación
extrema ocupó todo el cuerpo de Andrés cuando imaginó la situación. No quería
saber la fecha de casamiento, no, tampoco quería saber más de lo que
sospechaba.
No.
Rompería el papel en pequeños trocitos,
pequeñísimos, y los tiraría a la basura…
Se quedó
mirando la ventana con la vista fija, sin parpadear, tratando de dejar su mente
en blanco y ver de esa manera si el olvido colmaba su mente y la liberaba del
dolor de saber.
Estaba oscureciendo.
No lograba volver el tiempo atrás, este conocimiento había entrado como un
tsunami en su cabeza y había arrasado con la figura amorosa y cálida de su
madre. La tensión entre la curiosidad y
el dolor de saber esos secretos crecía cada segundo y latía en sus sienes.
Finalmente, partió en dos la carta, la metió en el
sobre y volvió a guardarla en la caja. Cerró el roperito con llave. Salió del
cuarto, cerró la puerta y decidió que le daría la llave a su hermano. No le diría nada de la carta, si él quería
abrir el ropero y buscar, problema de él.
Que se hiciera cargo.
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