martes, 26 de noviembre de 2013



 


TESOROS   ENCONTRADOS
    Salí al jardín un poco hastiada de la conversación,  que había virado hacia terrenos un tanto escabrosos. No quería sacrificar algunas relaciones amistosas por ponerme a discutir. En eso estaba cuando vi una pluma blanca que  bajaba lentamente y se depositaba en el pasto. No llegó a quedarse quieta, una suave brisa la movía. Quise agarrarla y se voló. Me empeciné en cazarla y volvió a escurrirse. Ahora levantaba vuelo nuevamente y se quedaba enganchada en una rama de la rosa china. Fui hasta ahí, pero otra vez  voló. Me dio un poco de risa, pero estaba resuelta a agarrarla y seguí tras la pluma por el jardín, hasta que un vientito más fuerte la llevó detrás del muro hacia la casa lindera.  Abrí el portón rápidamente y salí, en busca de mi pluma. Estaba un poco complicado el asunto, pues la casa vecina tenía una reja bastante alta y la puerta estaba cerrada.
   Parecía que no había nadie, revisé con la mirada el pequeño jardín y descubrí la pluma entre unas flores de corona de cristo.¡ Ahí estás! Pensé y toqué timbre. Nadie respondió. Insistí. Nada. Era complicado saltar la reja, sumado a que si alguien me veía podía tomarme por una ladrona. Me volví a la casa de Antonio donde seguían discutiendo, a buscar una vara, caña o lo que fuere suficientemente largo para llegar hasta la pluma. Fui al lavadero a revisar, solo había un escobillón y un secador. Saqué los palos de ambos y pensé en unirlos. Tendría que haber por allí alguna cinta adhesiva. Lo único que encontré fue un pequeño rollo de cinta scoch casi vacío, no alcanzaba. Revolví un mueblecito de trastos y encontré una vieja llave como de arcón, con un número  47 atado con piolìn. Tal vez podría abrir la puerta de reja, quien sabe. Uní como pude los dos palos, pero se movían mucho, no iba a servir.  Igual volví a la calle con los palos y la llave. Miré si alguien me veía y probé de abrir la cerradura, pero esa  llave era demasiado grande, no servía. Estiré un palo hasta la corona de cristo, no llegaba. Me agaché e intenté nuevamente. Entonces me di cuenta de que aunque el palo llegara a la pluma, no podría engancharla para atraerla, así que el artefacto no me serviría. Volví al lavadero revisar si por casualidad habría una soga, caña de pescar, anzuelo o algo parecido. Nada. Fui al garaje donde sé que Antonio guarda porquerías. Encontré unas cuantas herramientas en una caja y un armario cerrado con llave. Tampoco quería pedirle a él, no me animaba a explicar para qué quería una caña de pescar.
Me senté en el borde de un banquito a pensar. ¿Qué otra solución? Volví a la calle a mirar mi pluma. Ahí estaba todavía. Tal  vez si esperaba al atardecer a que volvieran los vecinos podría pedírsela y listo. Faltaban como cuatro horas. 

En casa de Antonio  la famosa discusión había terminado y todos estaban mirando la tele. Un partido de fútbol viejo de Boca-River. Fui a la cocina a preparar un mate, la tarde era larga.
-Antonio, ¿tenés relación con los vecinos de al lado?
Antonio me miró apenas, dijo sí y siguió mirando el partido. A las cinco y treinta y seis escuché ruido de auto y llaves en una cerradura de metal. Me asomé a la ventana y vi una familia que entraba en la casa vecina. ¡Salvada! Corrí a la calle a encararlos y pedir mi pluma con alguna excusa. Era un matrimonio  joven y dos niños, una nena y un varón. Me paré en la puerta y saludé. Me miraron con curiosidad, les dije que estaba de visita en lo de Antonio y siguieron mirándome sin entender. Repetí: “ Antonio, el vecino”. Entonces la mujer dijo “ahhh”, entró a su casa y detrás suyo  el marido y el nene. La nena, en cambio,  se quedó en el jardín después de cerrar la puerta de reja,  mirándome con curiosidad.
Le dije si por favor me podría alcanzar esa pluma blanca que estaba en la corona de cristo. Sí, dijo y fue corriendo a buscarla. En su generoso arrebato se pinchó un dedo con las espinas y dio un gritito de dolor. Se llevó el dedo a la boca y se quedó mirándome sin decidir qué hacer.
-¡Cuánto lo siento! ¿Cómo te llamás?-Intenté comunicarme.   Ella seguía mirándome  sin hablar. Revolví en mis bolsillos para buscar algo que sirviera para un intercambio de tesoros. Tenía un frasquito  que había encontrado en el ropero de mi abuela, con un dibujo bastante llamativo y se lo ofrecí a cambio de la pluma. La niña siguió mirándome como sin entender. Pero después de unos instantes  muy seria, dijo: -Con eso no alcanza,¿ qué más tenés?
Rápidamente volví a  revisar mis bolsillos y encontré la vieja llave con el 47, se la ofrecí. Siguió mirándome,  esperando más. Saqué un piedrita azul que había conseguido  en la plaza y se la mostré. No respondía. Encontré una figurita con brillantes que siempre llevaba por las dudas. La pluma lo valía. Por fin , la nena tomó la pluma con la punta de los dedos, y dando pequeños saltitos se acercó  a mí  con la otra mano bien  abierta,  para recibir su pago por el  rescate de  mi tesoro.

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