TESOROS ENCONTRADOS
Salí al jardín un poco hastiada de la
conversación, que había virado hacia
terrenos un tanto escabrosos. No quería sacrificar algunas relaciones amistosas
por ponerme a discutir. En eso estaba cuando vi una pluma blanca que bajaba lentamente y se depositaba en el
pasto. No llegó a quedarse quieta, una suave brisa la movía. Quise agarrarla y
se voló. Me empeciné en cazarla y volvió a escurrirse. Ahora levantaba vuelo
nuevamente y se quedaba enganchada en una rama de la rosa china. Fui hasta ahí,
pero otra vez voló. Me dio un poco de
risa, pero estaba resuelta a agarrarla y seguí tras la pluma por el jardín,
hasta que un vientito más fuerte la llevó detrás del muro hacia la casa
lindera. Abrí el portón rápidamente y
salí, en busca de mi pluma. Estaba un poco complicado el asunto, pues la casa
vecina tenía una reja bastante alta y la puerta estaba cerrada.
Parecía que no había nadie, revisé con la
mirada el pequeño jardín y descubrí la pluma entre unas flores de corona de
cristo.¡ Ahí estás! Pensé y toqué timbre. Nadie respondió. Insistí. Nada. Era
complicado saltar la reja, sumado a que si alguien me veía podía tomarme por
una ladrona. Me volví a la casa de Antonio donde seguían discutiendo, a buscar
una vara, caña o lo que fuere suficientemente largo para llegar hasta la pluma.
Fui al lavadero a revisar, solo había un escobillón y un secador. Saqué los
palos de ambos y pensé en unirlos. Tendría que haber por allí alguna cinta
adhesiva. Lo único que encontré fue un pequeño rollo de cinta scoch casi vacío,
no alcanzaba. Revolví un mueblecito de trastos y encontré una vieja llave como
de arcón, con un número 47 atado con
piolìn. Tal vez podría abrir la puerta de reja, quien sabe. Uní como pude los
dos palos, pero se movían mucho, no iba a servir. Igual volví a la calle con los palos y la
llave. Miré si alguien me veía y probé de abrir la cerradura, pero esa llave era demasiado grande, no servía. Estiré
un palo hasta la corona de cristo, no llegaba. Me agaché e intenté nuevamente.
Entonces me di cuenta de que aunque el palo llegara a la pluma, no podría
engancharla para atraerla, así que el artefacto no me serviría. Volví al
lavadero revisar si por casualidad habría una soga, caña de pescar, anzuelo o
algo parecido. Nada. Fui al garaje donde sé que Antonio guarda porquerías.
Encontré unas cuantas herramientas en una caja y un armario cerrado con llave. Tampoco
quería pedirle a él, no me animaba a explicar para qué quería una caña de
pescar.
Me senté en el
borde de un banquito a pensar. ¿Qué otra solución? Volví a la calle a mirar mi
pluma. Ahí estaba todavía. Tal vez si
esperaba al atardecer a que volvieran los vecinos podría pedírsela y listo.
Faltaban como cuatro horas.
En casa de
Antonio la famosa discusión había
terminado y todos estaban mirando la tele. Un partido de fútbol viejo de
Boca-River. Fui a la cocina a preparar un mate, la tarde era larga.
-Antonio, ¿tenés
relación con los vecinos de al lado?
Antonio me miró
apenas, dijo sí y siguió mirando el partido. A las cinco y treinta y seis escuché
ruido de auto y llaves en una cerradura de metal. Me asomé a la ventana y vi
una familia que entraba en la casa vecina. ¡Salvada! Corrí a la calle a
encararlos y pedir mi pluma con alguna excusa. Era un matrimonio joven y dos niños, una nena y un varón. Me
paré en la puerta y saludé. Me miraron con curiosidad, les dije que estaba de
visita en lo de Antonio y siguieron mirándome sin entender. Repetí: “ Antonio,
el vecino”. Entonces la mujer dijo “ahhh”, entró a su casa y detrás suyo el marido y el nene. La nena, en cambio, se quedó en el jardín después de cerrar la
puerta de reja, mirándome con
curiosidad.
Le dije si por
favor me podría alcanzar esa pluma blanca que estaba en la corona de cristo.
Sí, dijo y fue corriendo a buscarla. En su generoso arrebato se pinchó un dedo
con las espinas y dio un gritito de dolor. Se llevó el dedo a la boca y se
quedó mirándome sin decidir qué hacer.
-¡Cuánto lo siento!
¿Cómo te llamás?-Intenté comunicarme. Ella
seguía mirándome sin hablar. Revolví en
mis bolsillos para buscar algo que sirviera para un intercambio de tesoros.
Tenía un frasquito que había encontrado
en el ropero de mi abuela, con un dibujo bastante llamativo y se lo ofrecí a
cambio de la pluma. La niña siguió mirándome como sin entender. Pero después de
unos instantes muy seria, dijo: -Con eso
no alcanza,¿ qué más tenés?
Rápidamente volví a
revisar mis bolsillos y encontré la
vieja llave con el 47, se la ofrecí. Siguió mirándome, esperando más. Saqué un piedrita azul que
había conseguido en la plaza y se la mostré.
No respondía. Encontré una figurita con brillantes que siempre llevaba por las
dudas. La pluma lo valía. Por fin , la nena tomó la pluma con la punta de los
dedos, y dando pequeños saltitos se acercó a mí con
la otra mano bien abierta, para recibir su pago por el rescate de mi tesoro.
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